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Francisco Javier Díaz

A Mover el Culo

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 6 de Junio de 2004

Francisco Javier Díaz

Buena canción. “A mover el culo, a-mover-el-culo, a mover el culo”. Se trata de uno de esos temas, junto a “Bomba, un movimiento sensual, bomba”, o “Juai-em-ci-ei, a guanchunever dancin, juai-em-ci-e-i”, o la reciente “Mayonesa”, que ayudó a terminar con la dictadura de lo antiguo en las fiestas de matrimonio. Nada más gracioso que ver a damas y caballeros tratando de seguir los pasos de esta canción, despeinados, camisa afuera, ombligo al aire. Obligados a bailar lo que la masa impuso, so riesgo de quedar fuera de la pista. Pese a pagar la cena, la música y la champaña, la presión ha hecho que los mayores se vean obligados a mover el culo. Como los políticos con el voto voluntario.

Hasta comienzos de los noventa, los matrimonios eran sinónimo de fiesta a la antigua. La música era comandada por unos DJ’s guatones y bigotudos, quienes a punta de cassette y piscola no se movían de los boleros y las cumbias clásicas grabadas en los sesenta y setenta. Las cumbias eran buenas, claro. “El Galeón Español”, “Un Año Más”, “Tarjetita de Invitación”, y tantas otras, quedarán en nuestro inconsciente por siempre. Pero escucharlas toda la noche se hacía insoportable. Cuando alguien pedía algo más rápido, el DJ ponia unos jingles babosos como “Aire, a-ah, soy como el aire”, o “Vuela que vuela y verás, será porque te amo”. Y cuando algún osado pedía un rock, a lo más le ponían “Baila Popotito”.

Lo cierto es que todo en los matrimonios era obra de viejos. La misa, la palta reina y el lomo con arroz, la decoración, la torta, y por supuesto, la música. Las viejas se vestían como viejas, de terciopelo falso y vuelos tipo velo de viuda; los viejos se vestían de viejos, con terno café de dos botones, chaleco a media barriga, corbata de polyester y pantalón arrugado. Asi, ante tamaña desconexión con los intereses de los jóvenes, recuerdo que cuando uno llegaba a los 15 ó 16 años de edad comenzaba a no asistir a los matrimonios. Afortunadamente, el casorio era voluntario.

Aunque parezca ridículo, esta es mi aporte al debate acerca del voto voluntario. La democracia, que se supone una fiesta del pueblo, a ratos parece uno de esos matrimonios a la antigua. Sea el político chato, anticuado e ineficiente, sea el supuestamente moderno político mediático, lo cierto es que la sonrisa fácil, el discurso vacío y el palmoteo en la espalda han terminado por ahuyentar a los jóvenes de la vida cívica. El voto voluntario revitalizaría nuestra dinámica política. Nadie estaría obligado a votar, por lo que los organizadores se verían obligados a organizar mejores fiestas.

Lo de la inscripción automática no merece análisis: todos sabemos que es absolutamente factible implementar tal sistema de manera confiable y efectiva. Es más, podría incluso ser ésta la oportunidad de terminar con una serie de anacronismos de nuestro sistema de registro electoral.

Lo del voto voluntario, en cambio, es un poco más complejo para algunos, por razones de principios y por razones prácticas. En efecto, hay quienes argumentan que el voto es un deber cívico y que debe mantenerse. Olvidan, sin embargo, que el voto es un derecho y que como tal fue objeto de lucha por parte de las clases medias y trabajadores durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX. Intentan asimilar el voto con los impuestos, olvidando que así como el voto no es una carga, los impuestos no son un derecho. Nadie alegaría que le están conculcando el derecho a pagar impuestos.

La confusión entre derechos y cargas proviene del carácter de irrenunciable de ciertos derechos. La ley ha entendido que existen ciertos derechos como la libertad personal o los derechos laborales, que por estar una parte sujeta a una posible coacción de parte de un tercero más poderoso para impedirlo de ejercer tal derecho, deben ser declarados irrenunciables. No hay que olvidar que las normas acerca de sufragio obligatorio, cédula única, voto australiano, o como quiera que se le llame a las leyes que regulan el procedimiento electoral, fueron dictadas en todo el mundo para asegurar que los trabajadores y asalariados pudieran votar libres de toda presión por parte de sus patrones o empleadores. Así como el voto fue una conquista, su protección a través de este tipo de leyes también fue un avance para la democracia.

Pero en una época donde votan grandes masas, y donde la posible coacción se hace cada vez más difícil e ineficaz, la obligatoriedad del voto no se justifica. Basta con hacer las elecciones en día feriado y establecer altas penas para quienes entorpezcan el derecho de sufragio de alguien para acabar con la razón de esta disposición.

Existen también razones prácticas de parte de quienes se oponen a esta medida. Calculadora en mano, pero sin mayores estudios de fondo, algunos temen que el ingreso de una masa de jóvenes de opinión política incierta, sumado al posible aumento en la abstención de parte de quienes ya se encuentran inscritos, pueda afectar su ya asegurada posición electoral dentro del universo actual. La derecha teme que los jóvenes son liberales y no conservadores, algunos en la izquierda temen que los jóvenes privilegian los valores de la libertad y la eficiencia por sobre la igualdad y la solidaridad.

Lo concreto es que nadie sabe a ciencia cierta cómo votarían los jóvenes no inscritos, ni cuál sería el efecto de una mayor abstención de parte de la población inscrita. Pero lo que sí es claro es que los políticos, todos, se verían obligados a elaborar discursos y políticas reales para los jóvenes. O si no, nadie terminará en la fiesta.

3 comentarios

Anónimo -

entrad en politologo.blogia.com
es muy interesante se van a publicar foros de discusión sobre política

VERONICA SILVA -

Es inigualable como escribe, se nota que es super inteligente. Ojalá que lo haga así de bien en el municipio de Las Condes.

Carola Munoz -

Todavia estoy gozando el discurso de proclamacion de Dioscoro y te aseguro que si no fuera porque estoy viviendo en Washington me sumaria a tuequipo de campana, feliz.
Suerte