Oligarquía Patronal
ANIMAL POLITICO
La Nación, Domingo 1 de Septiembre de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Caballero, ¿me da La Nación? Sí, claro, son trescientos pesos. Perdone, pero quiero todos los ejemplares que tenga. Chanfle, serían sesenta mil pesos entonces, pero dígame, ¿para qué quiere tantas?. No sé na yo, el patrón me mandó.
Como éste, debe haber habido varios diálogos similares en todo Santiago el domingo pasado, cuando La Nación Domingo se convirtió en súper ventas gracias a una operación relámpago de la mayor coordinación. Tanto, que ni siquiera yo alcancé a comprarla a mi quiosquero, lo que sentí como un atentado contra mi libertad de información (y de trabajo, porque no pude leer mi propia columna). ¿En qué anda un país que se permite este tipo de acciones? ¿Cómo tanta prepotencia? ¿Será verdad que en Chile simplemente hay un grupo de patrones a los cuales es mejor no tocar?
En nuestro país, tan vieja como la figura del patrón es la oligarquía patronal. Un grupo de dueños de empresas y fundos que se juntan, protegen y reproducen entre sí. Y ojo, que el término no es mío, lo tomé de un olvidado libro de Genaro Arriagada de 1970, La Oligarquía Patronal en Chile. Allí, el hoy politically correct Genaro, el mismo ex ministro, ex embajador y ex jefe de cuanta campaña haya existido en el país en los últimos 15 años, hablaba de la situación de poder de nuestra oligarquía. Señalaba que en nuestra sociedad el dirigente patronal adquiere un sitio dentro de la jerarquía política del Estado y en la jerarquía económica, lo que se exterioriza en espacios en diarios y revistas, presencia en foros y conferencias, invitación a actos oficiales y diplomáticos, y en un acceso privilegiado a los Ministros y al Presidente de la República. Agregaba que todo este contexto de sobrevaloración al patrón termina por dotar a los actos del dirigente patronal de una aureola de desinterés y altruismo.
Lo concreto es que la oligarquía patronal en el Chile del 2002 existe y actúa. Así como manda a comprar diarios por las calles cuando ve a uno de los suyos en portada, también se reúne periódicamente, se expresa, presiona, informa, desinforma, educa y mal enseña. Funda sus diarios, sus canales de televisión, sus asociaciones; organiza sus negocios, su previsión, su salud. Y cada vez que puede, corre más y más la valla por menos impuestos y mayor flexibilidad laboral.
Permítanme una observación acerca de la oligarquía patronal y una acerca de lo ocurrido con La Nación el domingo pasado. Primero, creo que, como todo vehículo que se precie de tal, la economía debe tener sistemas de motor y de freno. Motor, para irrumpir y crear; freno, para regular y meditar. El sector privado es precisamente ese motor. El cuento de que la historia del hombre es la historia de la explotación de unos sobre otros, de señores y esclavos, de patricios y plebeyos, de burgueses y proletariado, no me la compro mucho, ahora que está tan de moda el marxismo crítico. Por eso, creo que los patrones no son ni buenos ni malos, simplemente existen y cumplen su rol en esta economía. Son insustituibles en crear riqueza, arriesgar en nuevos negocios y participar de la dinámica de destrucción creativa de la economía de mercado, donde al final de cuentas, uno termina comprando mejor y más barato, sin subsidiar flojos o ineficientes.
Pero que no nos vengan con el cuento de que los patrones en Chile además son blancas palomas ni políticamente vírgenes. Tienen sus intereses, se organizan y los expresan a través de la derecha política. Ello es legítimo, pero no nos engañemos: sus intereses no coinciden siempre con los de la mayoría, que no son patrones, sino que empleados. Por eso la necesidad de un Estado fuerte y eficiente, que sepa conjugar los diversos intereses individuales en aras del interés general. Y que tampoco vengan a descargar culpas propias en el Estado. Según la encuesta del Latinobarómetro, el 48% de los chilenos cree que la economía no se ha reactivado por falta de iniciativa de los empresarios. Impresión del vulgo será, pero lo que vale es que la gente sí confía en la estabilidad que ofrece el gobierno, al revés de lo que pasa en el resto de Latinoamérica.
Lo segundo es que creo que tanto el Estado como la prensa deben quedarse fuera de la casa y de la cama, como señalaban los liberales europeos de comienzos del siglo XX. O parafraseando a Bill Clinton, incluso los jefes tienen vida privada. No me parece adecuado hablar de un patrón sobre aspectos relacionados exclusivamente con su vida familiar, pues se trata de aspectos que no tienen relación con su vida pública. Un par de años trabajando como abogado en Derecho de Familia sirven para constatar que sórdidas historias de pareja e hijos pueden cambiar de manera asombrosa dependiendo de quién la cuente.
Pero tampoco creo que sea estratégico hablar de los patrones por aspectos que estén fuera de su actividad patronal. Da lo mismo si el presidente de ENRON es un sátrapa o un ferviente y caritativo anglicano. Da lo mismo la familia de Nicolás Ibáñez si en las empresas de éste se realizan prácticas anti sindicales, se despide arbitrariamente o se discrimina por sexo o religión.
A los patrones se les juzga en cuanto patrones, y en este sentido, aún dejan mucho que desear.
FJD/
La Nación, Domingo 1 de Septiembre de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Caballero, ¿me da La Nación? Sí, claro, son trescientos pesos. Perdone, pero quiero todos los ejemplares que tenga. Chanfle, serían sesenta mil pesos entonces, pero dígame, ¿para qué quiere tantas?. No sé na yo, el patrón me mandó.
Como éste, debe haber habido varios diálogos similares en todo Santiago el domingo pasado, cuando La Nación Domingo se convirtió en súper ventas gracias a una operación relámpago de la mayor coordinación. Tanto, que ni siquiera yo alcancé a comprarla a mi quiosquero, lo que sentí como un atentado contra mi libertad de información (y de trabajo, porque no pude leer mi propia columna). ¿En qué anda un país que se permite este tipo de acciones? ¿Cómo tanta prepotencia? ¿Será verdad que en Chile simplemente hay un grupo de patrones a los cuales es mejor no tocar?
En nuestro país, tan vieja como la figura del patrón es la oligarquía patronal. Un grupo de dueños de empresas y fundos que se juntan, protegen y reproducen entre sí. Y ojo, que el término no es mío, lo tomé de un olvidado libro de Genaro Arriagada de 1970, La Oligarquía Patronal en Chile. Allí, el hoy politically correct Genaro, el mismo ex ministro, ex embajador y ex jefe de cuanta campaña haya existido en el país en los últimos 15 años, hablaba de la situación de poder de nuestra oligarquía. Señalaba que en nuestra sociedad el dirigente patronal adquiere un sitio dentro de la jerarquía política del Estado y en la jerarquía económica, lo que se exterioriza en espacios en diarios y revistas, presencia en foros y conferencias, invitación a actos oficiales y diplomáticos, y en un acceso privilegiado a los Ministros y al Presidente de la República. Agregaba que todo este contexto de sobrevaloración al patrón termina por dotar a los actos del dirigente patronal de una aureola de desinterés y altruismo.
Lo concreto es que la oligarquía patronal en el Chile del 2002 existe y actúa. Así como manda a comprar diarios por las calles cuando ve a uno de los suyos en portada, también se reúne periódicamente, se expresa, presiona, informa, desinforma, educa y mal enseña. Funda sus diarios, sus canales de televisión, sus asociaciones; organiza sus negocios, su previsión, su salud. Y cada vez que puede, corre más y más la valla por menos impuestos y mayor flexibilidad laboral.
Permítanme una observación acerca de la oligarquía patronal y una acerca de lo ocurrido con La Nación el domingo pasado. Primero, creo que, como todo vehículo que se precie de tal, la economía debe tener sistemas de motor y de freno. Motor, para irrumpir y crear; freno, para regular y meditar. El sector privado es precisamente ese motor. El cuento de que la historia del hombre es la historia de la explotación de unos sobre otros, de señores y esclavos, de patricios y plebeyos, de burgueses y proletariado, no me la compro mucho, ahora que está tan de moda el marxismo crítico. Por eso, creo que los patrones no son ni buenos ni malos, simplemente existen y cumplen su rol en esta economía. Son insustituibles en crear riqueza, arriesgar en nuevos negocios y participar de la dinámica de destrucción creativa de la economía de mercado, donde al final de cuentas, uno termina comprando mejor y más barato, sin subsidiar flojos o ineficientes.
Pero que no nos vengan con el cuento de que los patrones en Chile además son blancas palomas ni políticamente vírgenes. Tienen sus intereses, se organizan y los expresan a través de la derecha política. Ello es legítimo, pero no nos engañemos: sus intereses no coinciden siempre con los de la mayoría, que no son patrones, sino que empleados. Por eso la necesidad de un Estado fuerte y eficiente, que sepa conjugar los diversos intereses individuales en aras del interés general. Y que tampoco vengan a descargar culpas propias en el Estado. Según la encuesta del Latinobarómetro, el 48% de los chilenos cree que la economía no se ha reactivado por falta de iniciativa de los empresarios. Impresión del vulgo será, pero lo que vale es que la gente sí confía en la estabilidad que ofrece el gobierno, al revés de lo que pasa en el resto de Latinoamérica.
Lo segundo es que creo que tanto el Estado como la prensa deben quedarse fuera de la casa y de la cama, como señalaban los liberales europeos de comienzos del siglo XX. O parafraseando a Bill Clinton, incluso los jefes tienen vida privada. No me parece adecuado hablar de un patrón sobre aspectos relacionados exclusivamente con su vida familiar, pues se trata de aspectos que no tienen relación con su vida pública. Un par de años trabajando como abogado en Derecho de Familia sirven para constatar que sórdidas historias de pareja e hijos pueden cambiar de manera asombrosa dependiendo de quién la cuente.
Pero tampoco creo que sea estratégico hablar de los patrones por aspectos que estén fuera de su actividad patronal. Da lo mismo si el presidente de ENRON es un sátrapa o un ferviente y caritativo anglicano. Da lo mismo la familia de Nicolás Ibáñez si en las empresas de éste se realizan prácticas anti sindicales, se despide arbitrariamente o se discrimina por sexo o religión.
A los patrones se les juzga en cuanto patrones, y en este sentido, aún dejan mucho que desear.
FJD/
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