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Francisco Javier Díaz

Corresponsal de Guerra

ANIMAL POLITICO
La Nación, Domingo 23 de Marzo de 2003

Por Francisco Javier Díaz

Vivo en Estados Unidos y mi editor me pidió una columna a propósito de la guerra con Irak. “Tú eres nuestro corresponsal de guerra”, me dijo. Y si bien no tendré el glamour de Amaro Gómez-Pablos ni me van a detener como a Santiago Pavlovic, técnicamente vivo en un país en guerra. Claro que no me apertreché de agua ni provisiones, ni menos compré tela adhesiva para poner en las ventanas. Porque la verdad es que para mi, como para la inmensa mayoría de este país, la guerra sólo se vive por televisión.

Así como en Chile existe la “guerra de las teleseries”, aquí existe la “guerra de la guerra”. No se cual es más absurda. Las cadenas hacen lo imposible por ganar en sintonía y de paso, darle una ayuda al gobierno. Parece ser que la mezcla entre estaciones conservadoras con el buen rating que entrega el patriotismo en pantalla, hace que la televisión norteamericana sea un ejemplo de manipulación informativa a través del sensacionalismo y el show.

El ambiente bélico se comenzó a vivir el pasado lunes, cuando Bush anunció un plazo de 48 horas para que Hussein abandonara el país. Terminado el discurso-amenaza de Bush, inteligentemente escrito y conmovedoramente actuado, las cadenas bombardearon con basura medial. “Nos acaban de informar que subió la alerta de atentados terroristas, de amarillo a naranja” anunciaban unos preocupados periodistas de la CNN. “Oremos para que nuestos soldados sean guiados por Dios y consigan prontamente la paz” rezaba una viejita del canal estatal en horario prime. Ya comenzado el ataque el día miércoles, Geraldo Rivera, el mismo que hace unos años animaba encendidos talk-shows con delincuentes, transexuales y parejas engañadas, ahora enviado especial de la cadena Fox en Jordania, teorizaba acerca de las condiciones de la guerra justa, como ésta, por supuesto. Y otro corresponsal de Fox en Kuwait enviaba su despacho con máscara de gas puesta. “Hay alarma de gases venenosos” explicaba a la extrañada audiencia.

Hay que decir lo que todos piensan: Esta guerra no tiene sentido y Bush es un pobre idiota manipulado por sectores neoconservadores. Punto. Ese es todo mi análisis del conflicto. Así que mejor veamos algunos efectos colaterales que me han interesado. Porque las guerras, aparte de matar cientos o miles de civiles inocentes, también generan efectos políticos impensados.

Comencemos con la desilusión de un líder, como Tony Blair. El primer ministro británico es, lejos, el político más talentoso de la última década. Pero el rol de aliado incondicional de Estados Unidos, el que no estuvo dispuesto a sacrificar en aras de una fácil popularida interna, le puede terminar por jugar una mala pasada. Ahora se juega el todo por el todo: No sólo el bombardeo aéreo no puede errar uno sólo de sus objetivos; no sólo tienen que sacar a Saddam en pocos días; no sólo tienen que entrar sus soldados a Bagdad vitoreados por la gente; si no que ahora debe él mismo preocuparse de reinstaurar un régimen creíble en Irak, hacerse cargo de las presiones de los países árabes vecinos y recomponer la dignidad de las Naciones Unidas. Si no lo logra, tiene una opinión pública y parte importante de su Partido Laborista esperándolo en casa. El mundo, y especialmente la relación de Estados Unidos con la Unión Europea, van a lamentar una eventual caída de Tony Blair, producto de su afán por defender la posición que él cree le cabe a Inglaterra en el nuevo orden, a precio de una total inconsecuencia con los valores por los cuales el pueblo británico lo llevó a la primera magistratura.

Las Naciones Unidas, es evidente, es el otro gran damnificado con esta guerra. Poco cabe agregar al respecto. En el clásico debate de la teoría internacional entre realistas e institucionalistas, parecen haber sacado ventaja los primeros. Los institucionalistas dirán que sin la ONU la guerra no sólo habría comenzado en octubre, sino que además nadie estaría hablando del costo político que ella puede significar. Puede ser cierto. Pero apenas en un par de años, la administración Bush ha rechazado instancias como el Tribunal Penal Internacional, el Protocolo de Kyoto para el Calentamiento Global, la Conferencia contra la Discriminación y la Conferencia Antimisiles. Parece claro entonces que entre poder y norma, al menos por ahora, prima el poder.

Chile ganó perdiendo. Ganó porque demostró soberanía e independencia. Pudo haber mostrado un mejor juego de piernas, a lo mejor, pero la postura fue digna. Aunque Chile perdió por otro par de razones. Una, porque existe la posibilidad de que Estados Unidos tome represalias contra este díscolo país que pensaba era aliado, y que no jugó su papel de monigote como España o Portugal. Y la represalia, todos sabemos qué es, puede doler. Dos, porque efectivamente hay sectores en el país que aún no entienden de qué se trata el mundo global y que para Chile, éste pasa por Estados Unidos, guste o no guste. En la negativa a apoyar la propuesta estadounidense, se notó mucho resabio anti-americano de la vieja izquierda y “yanqui go home”. Hay que entender que Estados Unidos es mucho más que George W. Bush. En la negativa también se apreció esa tirria anti-americana del populismo de derecha, nacionalista e insular. Con ninguno de estos enfoques nos va a ir bien en el mundo global.

A la larga, en poco ayuda esta guerra sin sentido. Si Estados Unidos hubiese negociado una nueva resolución, que diera un plazo breve pero prudente, a lo mejor otra sería la situación para los tres antes mencionados. Pero no fue así. Para Estados Unidos lo que estaba en juego era su posición hegemónica, que según algunos, es a fin de cuentas la única fuente de estabilidad internacional.

Desde el país del norte, frente a un televisor, Francisco Javier Díaz, su corresponsal.

FJD

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