¿Comienzo del fin? Superlakes
ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 23 de Mayo de 2004
Francisco Javier Díaz
Siempre ha encontrado una obviedad aquellos análisis acerca de la pérdida de poder de los gobernantes al acercarse el fin de su mandato. Estos análisis sugieren poco menos que el presidente de turno despierta un día y se da cuenta que le quedan pocos días en La Moneda. De ahí en adelante se produciría un irrefrenable proceso de pérdida de poder e influencia de la administración saliente, lo cual se vería traspasado a la administración (o candidatos) entrante. Y el presidente se vería preso de una profunda depresión. Ya nadie me hace caso, diría triste el pobre cristiano.
Pero las cosas en política no son tan mecánicas. Es cierto que en democracia los presidentes ven disminuida su influencia durante los últimos días de su mandato. Es lógico y natural que así sea. Pero lo que varía de una administración a otra es el grado de influencia del presidente saliente ejerce sobre el sistema político, sobre la selección de los candidatos, acerca de los temas y el tono del debate de la campaña presidencial, y cómo maneja el traspaso del mando. Según éstas variables, y no según el calendario, es que uno determina cuándo comienza realmente el fin.
Lo concreto, a mi juicio, es que el poder de Lagos comenzó mucho antes de asumir como presidente, y es probable que se prolongue hasta mucho después. Es cosa de recordar, por ejemplo, su renuencia a firmar el decreto que ordenaba la construcción de la cárcel especial para militares en Punta Peuco, cuando él era todavía Ministro de Obras Públicas, en 1995. Generó todo un alboroto impensable en un régimen presidencial, donde se supone que los ministros son absolutos mandatarios del presidente. Pero Lagos tenía peso propio y generaba alineamientos de poder tras si.
Algo similar, creo, ocurrirá una vez que Lagos deje la presidencia. Su voz seguirá siendo escuchada y respetada, lo que generará a su vez nuevos alineamientos de poder. ¿Porqué se da esta situación en el caso de Lagos, y no, por ejemplo, en el caso de Frei Ruiz-Tagle, quien se sumergió un par de años en el anonimato de la Comisión de Familia del Senado después de su presidencia? Simplemente porque un liderazgo político tan fuerte como el de Lagos, que apela tanto a la racionalidad más pura de las elites, así como al sentimiento de protección y autoridad de la ciudadanía, genera poder e influencia sea cual sea su situación coyuntural. Evidentemente tendrá mayores recursos de poder al comienzo de su mandato, pero su influencia se extenderá mucho más allá.
Alguna prensa y analistas han caído en un simple análisis temporal para anunciar el comienzo del fin. Pero mi impresión es que queda Lagos para rato. Su popularidad se encuentra en constante alza, y es plausible pensar que termine sobre el 60 ó 65%, lo que en un gobierno de seis años, en medio de una crisis económica mundial, es mucho decir. Así Lagos tendrá margen para intentar maniobras políticas hasta el último momento. Por ejemplo, en el discurso del 21 de Mayo se ha dado el lujo de interpelar a la derecha para que apruebe la modificación al sistema binominal, y ésta no ha dado respuesta coherente.
Lavín también se ha dado cuenta de ello. Ya a partir de mediados de 2003, cuando quedó claro que ni las coimas ni los Gates botarían el gobierno, hasta Joaquín hubo de arrimarse al árbol de Lagos. Fiel discípulo del Nuevo Príncipe, Lavín siguió la enseñanza de Dick Morris: si no puedes con tu adversario político, alábalo. Lavín sabía que no enfrentaría a Lagos el 2005 y por tanto tenía cero costo asociarse con él.
Pero el temor en la derecha ha comenzado a surgir ahora que ven que la popularidad del gobierno, en un contexto económico favorable y sin un nuevo escándalo de corrupción de proporciones, es factible de ser traspasada a un sucesor. Entonces, Lavín se ve obligado a disentir en algunos puntos, pues la cosa ahora es contra él. Pero no hay mucho de qué disentir, y la derecha termina hablando de la crisis del gas, la píldora del día después, las malas relaciones con Bolivia o los Carabineros a Haití. Ni siquiera en delincuencia la ciudadanía percibe que Lavín podría hacerlo mejor.
Entonces, el desafío de Lagos consiste en, más que acosumbrarse a una tremenda pérdida de poder, saber manejar con sabiduría la posición expectante que tendrá él y su círculo más cercano en el 2005, cuando se estén definiendo los candidatos de la Concertación, así como al momento de la campaña presidencial propiamente tal.
Cometería un error el laguismo radicalizado si comenzaran a sacar cuentas acerca de cuál candidato de la Concertación es mejor para las posibilidades de Lagos en el 2010. Por ejemplo, si creyeran que la candidatura de Michelle Bachelet precluiría sus propias posibilidades presidenciales después, e intentaren alguna maniobra para bajarla. O a la inversa, si trataran de imponer un candidato DC para asegurar la alternancia el 2010.
Pero todo lo anterior es una conjetura, y sería obra de laguistas exaltados, no del Lagos de verdad. Lagos saldrá de La Moneda como el mejor presidente que ha tenido Chile en mucho tiempo, y él, Lavín, el PS, la DC, el segundo piso, el PPD, la prensa, Animal Político (el de verdad), y todos los chilenos, lo saben.
fjd
Diario La Nación, Domingo 23 de Mayo de 2004
Francisco Javier Díaz
Siempre ha encontrado una obviedad aquellos análisis acerca de la pérdida de poder de los gobernantes al acercarse el fin de su mandato. Estos análisis sugieren poco menos que el presidente de turno despierta un día y se da cuenta que le quedan pocos días en La Moneda. De ahí en adelante se produciría un irrefrenable proceso de pérdida de poder e influencia de la administración saliente, lo cual se vería traspasado a la administración (o candidatos) entrante. Y el presidente se vería preso de una profunda depresión. Ya nadie me hace caso, diría triste el pobre cristiano.
Pero las cosas en política no son tan mecánicas. Es cierto que en democracia los presidentes ven disminuida su influencia durante los últimos días de su mandato. Es lógico y natural que así sea. Pero lo que varía de una administración a otra es el grado de influencia del presidente saliente ejerce sobre el sistema político, sobre la selección de los candidatos, acerca de los temas y el tono del debate de la campaña presidencial, y cómo maneja el traspaso del mando. Según éstas variables, y no según el calendario, es que uno determina cuándo comienza realmente el fin.
Lo concreto, a mi juicio, es que el poder de Lagos comenzó mucho antes de asumir como presidente, y es probable que se prolongue hasta mucho después. Es cosa de recordar, por ejemplo, su renuencia a firmar el decreto que ordenaba la construcción de la cárcel especial para militares en Punta Peuco, cuando él era todavía Ministro de Obras Públicas, en 1995. Generó todo un alboroto impensable en un régimen presidencial, donde se supone que los ministros son absolutos mandatarios del presidente. Pero Lagos tenía peso propio y generaba alineamientos de poder tras si.
Algo similar, creo, ocurrirá una vez que Lagos deje la presidencia. Su voz seguirá siendo escuchada y respetada, lo que generará a su vez nuevos alineamientos de poder. ¿Porqué se da esta situación en el caso de Lagos, y no, por ejemplo, en el caso de Frei Ruiz-Tagle, quien se sumergió un par de años en el anonimato de la Comisión de Familia del Senado después de su presidencia? Simplemente porque un liderazgo político tan fuerte como el de Lagos, que apela tanto a la racionalidad más pura de las elites, así como al sentimiento de protección y autoridad de la ciudadanía, genera poder e influencia sea cual sea su situación coyuntural. Evidentemente tendrá mayores recursos de poder al comienzo de su mandato, pero su influencia se extenderá mucho más allá.
Alguna prensa y analistas han caído en un simple análisis temporal para anunciar el comienzo del fin. Pero mi impresión es que queda Lagos para rato. Su popularidad se encuentra en constante alza, y es plausible pensar que termine sobre el 60 ó 65%, lo que en un gobierno de seis años, en medio de una crisis económica mundial, es mucho decir. Así Lagos tendrá margen para intentar maniobras políticas hasta el último momento. Por ejemplo, en el discurso del 21 de Mayo se ha dado el lujo de interpelar a la derecha para que apruebe la modificación al sistema binominal, y ésta no ha dado respuesta coherente.
Lavín también se ha dado cuenta de ello. Ya a partir de mediados de 2003, cuando quedó claro que ni las coimas ni los Gates botarían el gobierno, hasta Joaquín hubo de arrimarse al árbol de Lagos. Fiel discípulo del Nuevo Príncipe, Lavín siguió la enseñanza de Dick Morris: si no puedes con tu adversario político, alábalo. Lavín sabía que no enfrentaría a Lagos el 2005 y por tanto tenía cero costo asociarse con él.
Pero el temor en la derecha ha comenzado a surgir ahora que ven que la popularidad del gobierno, en un contexto económico favorable y sin un nuevo escándalo de corrupción de proporciones, es factible de ser traspasada a un sucesor. Entonces, Lavín se ve obligado a disentir en algunos puntos, pues la cosa ahora es contra él. Pero no hay mucho de qué disentir, y la derecha termina hablando de la crisis del gas, la píldora del día después, las malas relaciones con Bolivia o los Carabineros a Haití. Ni siquiera en delincuencia la ciudadanía percibe que Lavín podría hacerlo mejor.
Entonces, el desafío de Lagos consiste en, más que acosumbrarse a una tremenda pérdida de poder, saber manejar con sabiduría la posición expectante que tendrá él y su círculo más cercano en el 2005, cuando se estén definiendo los candidatos de la Concertación, así como al momento de la campaña presidencial propiamente tal.
Cometería un error el laguismo radicalizado si comenzaran a sacar cuentas acerca de cuál candidato de la Concertación es mejor para las posibilidades de Lagos en el 2010. Por ejemplo, si creyeran que la candidatura de Michelle Bachelet precluiría sus propias posibilidades presidenciales después, e intentaren alguna maniobra para bajarla. O a la inversa, si trataran de imponer un candidato DC para asegurar la alternancia el 2010.
Pero todo lo anterior es una conjetura, y sería obra de laguistas exaltados, no del Lagos de verdad. Lagos saldrá de La Moneda como el mejor presidente que ha tenido Chile en mucho tiempo, y él, Lavín, el PS, la DC, el segundo piso, el PPD, la prensa, Animal Político (el de verdad), y todos los chilenos, lo saben.
fjd
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