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Francisco Javier Díaz

El Tío más Tío

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 15 de Diciembre de 2002

Por Francisco Javier Díaz

Había un programa de televisión que veía cuando era chico que hoy en día asombraría por su candidez al lado del Refugio Mekano u otros de esa calaña. Se llamaba “El Show del Tío Alejandro” y creo que me marcó principalmente por su canción llena de metáforas y coros pegajosos. En una parte la canción decía una frase que me quedó grabada para siempre: “Llegó el tío más tío de todos los tíos, el Tío Alejandroooo ....”. Cada vez que quiero significar que alguien es más papista que el Papa o más fanático que el Krammer, recurro a la frase “el tío más tío de todos los tíos”. En política pasa lo mismo.

Cuando los partidos políticos entran en crisis, generalmente renuevan su liderazgo, porque por algo están en crisis. Para ello tienen básicamente dos opciones: Una consiste en acudir a una cara nueva, refrescante, que venga de la periferia del partido y que represente una nueva generación, con nuevas ideas y nuevos estilos. Es una buena opción, pero arriesgada e incierta. El nuevo liderazgo pueda fracasar y dejar al partido peor que antes, con similar pérdida de votos y con menor cohesión interna.

La segunda opción consiste en atrincherarse en los líderes de dentro, aquellos que refuerzan la moral interna. Pueden ser viejos próceres, reservas morales o gallos de pelea. Pero lo central es que el partido se renueva sin renovarse, o sea, se renueva reafirmado su identidad en crisis. Suena paradójico, pero a veces es efectivo. Se impone el orden, se disciplina, se consolidan eventuales nuevos pero inmaduros líderes, mientras el liderazgo interno soporta el chaparrón.

Ejemplos hay muchos. El PSOE en España después de la derrota de Felipe en 1996 intentó de todo, hasta que llegó al liderazgo de un hombre de aparato, Joaquín Almunia. Era el PSOE más PSOE de todos los PSOEs, el mismo PSOE que no se veía cómo le quitaría el aventón económico y cultural al Partido Popular. Perdió por paliza las elecciones de 2000. Luego, los socialistas apostaron por un liderazgo distinto, renovador, moderno, como Rodríguez Zapatero. Y ahí están, con opción de ganar. Lo mismo con los laboristas ingleses, que insistían con el viejo sindicalismo y perdían y perdían, hasta la generación de Blair, Straw, Cook y Mandelsohn. O los socialdemócratas alemanes, que primero intentaron ganarle a Kohl con el PSD más PSD que encontraron, Oskar Lafontaine, para luego acudir a Gerhard Schröeder y su izquierda del centro.

La DC chilena también ha vivido este proceso. Cuántas veces no se ha renovado y vuelto a ser fuerza clave en la política chilena. Uno puede encontrar al menos una decena de libros que anuncian el “auge y caída de la DC”, a partir de 1967 más o menos. Desde entonces han tenido dos presidentes más y siguen teniendo la mejor opción para el 2005. ¿Cómo se ha renovado la DC? De todas formas. Se cimentó con un liderazgo nuevo, como Frei padre. Durante la dictadura recurrió a viejos próceres, como Aylwin. El 92 renovaron el partido con Frei hijo. Cada vez que les quedaba alguna crema interna, llamaban a los baluartes morales, como el camarada Bernardo.

El 2002, en su peor crisis, la DC apostó por el DC más DC de todos los DC, Adolfo Zaldívar. Lejos, el tío más tío. Casi como cuando Canal 13 llamó a Javier Miranda para salvar la crisis del canal. Y en eso hemos estado. Con un partido gobernado desde el riñón y que, por tanto, le cuesta ver y sentir el resto del cuerpo.

La verdad, creo que Zaldívar ha hecho su pega y no tiene culpa de nada. Su norte es la DC y nada más que la DC. Y vino a asumir cuando una ineptitud inverosímil se apoderaba del partido. Él es la opción de sus militantes.

Creo que más errados están quienes no previeron ello. La entrada de Zaldívar a la presidencia de la DC fue casi como una crónica a una pelea anunciada con el PPD. Como el vaquero del Oeste que entra a un Saloon, mira a todos lados, el pianista sigue tocando, el barman sigue atendiendo, mientras que Guido y Nelson siguen jugando al póker mirándolo de reojo. Era previsible que dijera en algún momento “lo siento Johnny, en este pueblo hay espacio sólo para uno de nosotros”.

El problema de Adolfo no es él, son los partidos. Todos colaboraron para llegar a este estadio de cuestionamiento a la coalición. Sus ineptitudes, su desdén por la formación de nuevos cuadros, sus prácticas clientelares, el afán de protagonismo personal antes que colectivo, en fin, todo colaboró para que uno de los partidos tuviera que recurrir al cowboy más cowboy como tabla de salvación.

El tema de la Concertación es que sus partidos viven de un pasado glorioso, pero con prácticas de un presente ineficiente. Así no se hace política. Así no hay coalición.

PhD Fulbright Fellow
University of Pittsburgh

FJD

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