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Francisco Javier Díaz

“Instituciones de Palo”

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 6 de Octubre de 2002

Por Francisco Javier Díaz

“Las instituciones funcionan” ha dicho el Presidente Lagos cada vez que puede. En general, mucho se ha discutido y criticado el concepto. Unos dicen que es conformismo; otro dicen que es falso.

Los primeros, generalmente la izquierda, tienen algo de razón: no puede ser presentado como un gran logro que las instituciones funcionen; éstas simplemente tienen que funcionar. Pero lo que ellos olvidan es que estamos en un país donde las instituciones no funcionaron durante 17 años de dictadura e incluso hasta varios años de vuelta la democracia. Entonces, algo de gracia tiene el cuento, pues en el fondo, nos hace volver a ser un país maduro y civilizado.

Los segundos, los que dicen que ello es falso, y que son generalmente la derecha, no tienen mayor argumento salvo obtener un rédito político o electoral. Acusan que las instituciones no funcionan, dejando implícito que el Gobierno las amaña para su lado. “El Gobierno es cara de palo”, dijo la senadora Matthei a raíz de que el Presidente no citó al Consejo de Seguridad Nacional por el caso del General Ríos. “No hay que politizar las Fuerzas Armadas” dijo el senador Arancibia. Con qué cara éstos dicen eso, se pregunta uno.

Lo que estos próceres no dicen es que para ellos las instituciones políticas son los mecanismos que los favorecen, y olvidan que una institución es mucho más. Las instituciones políticas son normas y conductas generalmente aceptadas y legitimadas por los ciudadanos. El resto no lo es; son simplemente instituciones de palo.

Los principales exponentes de la teoría institucional de la Ciencia Política, desde Maurice Hauriou a Samuel Huntington, son claros en señalar que las instituciones políticas no son cualquier cosa. Así como no basta una ley, un edificio y un presupuesto para formar una institución real, pues debe haber una idea de bien común detrás de ella, tampoco basta una regla para formar una institución política. Veamos un ejemplo: la DINA tenía una ley que la regulaba, varios edificios donde funcionaba y un presupuesto que se ejecutaba. Pero a nadie se le ocurriría pensar que la DINA pueda ser catalogada como una institución, pues no sólo le importaba un carajo el bien común, sino que en muchos casos estaba más preocupada de infligir el mal individual.

Lo mismo ocurre con las instituciones políticas. Estas deben obedecer a un sentimiento mínimo de legitimidad general en la ciudadanía. Deben ser respetadas como un espacio de acción colectiva y deben, por tanto, ser sentidas por los ciudadanos como reglas de relativa permanencia. Por ejemplo, las elecciones son una institución. A ninguno de nosotros se nos ocurriría llegar al poder de otra forma que no fuera mediante el voto democrático. Lo sentimos así y pensamos que así será por mucho tiempo. En cambio, no sé si alguien recuerda el mecanismo corporativista semi-fascista que inventaron los diseñadores institucionales del régimen militar para escoger a los alcaldes y consejeros comunales. Era un intrincado e ilegítimo procedimiento que nadie recuerda, precisamente, pues jamás se constituyó en institución.

Entonces, da rabia que venga el senador Arancibia a decir que no se puede otorgar al Presidente la facultad de remover a los Comandantes en Jefe pues ello podría politizar las FFAA, cuando él mismo negociaba su candidatura al Senado representando a un partido político siendo almirante. Esa regla, la inamovilidad, no es una institución.

Lo mismo con Evelyn Matthei. Recordaba del libro de Cristián Bofill acerca del “Piñeragate”, cómo la actual senadora le exigía a Andrés Allamand que hiciera algo para que los tribunales no investigaran el espionaje telefónico a Sebastián Piñera. “¿Cómo a la Cutufa le echaron tierra?”, preguntaba conmovedoramente a sus correligionarios, mientras le mentía descaradamente al país por casi dos meses. La senadora Matthei ahora dice que el COSENA es una institución que puede resolver el entuerto del General Ríos. Las pinzas. El COSENA no es más que un invento del ilegítimo constituyente de 1980 para mantener cierta tutela militar incluso en democracia (afortunadamente cada vez menor).

Para mi, no todo lo que está en la Constitución es una institución. Sólo un rostro de madera defiende las instituciones de palo.

FJD/

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