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Francisco Javier Díaz

Manos Arriba, Manos al Fuego

ANIMAL POLITICO
La Nación, Domingo 1 de Diciembre de 2002

Por Francisco Javier Díaz

“¡Manos Arriba!”, dijo el Juez Aránguiz a la clase política. “Manos al Fuego”, respondieron los socialistas. Y creo que estuvieron bien. No porque esté de moda y sea rentable políticamente acusar a cualquiera, uno va a andar renegando de su propia gente honesta.

Desde el tiempo de los romanos que ha sido una buena táctica acusar de corruptela al enemigo, por dos razones centrales: Una, porque efectivamente siempre ha existido corrupción en diversos niveles y ella genera una repulsa natural en las personas, siempre ansiosas, por tanto, de encontrar un culpable. Y dos, porque en temporada de caza es siempre muy difícil que los acusados demuestren su inocencia.

Así, los distintos partidos o gobiernos acusados de corrupción tienen básicamente dos opciones para enfrentar el tema. La primera opción consiste, en términos generales, en negar y ocultar el hecho hasta que más no se pueda, para luego negar tres veces y antes que cante el gallo, al ex compinche caído en desgracia. Corre aquí la ética del resultado: el corrupto me es útil pues obtengo algún tipo de beneficio de su corrupción. Plata, votos, influencia o lo que sea, pero el tipo es útil. Sin embargo, cuando se traspasa la curva de la utilidad, los rendimientos se hacen marginales y se deben compensar con los costos políticos de la transparencia y la sed del público de encontrar una víctima, entonces lo rentable pasa a ser echar al pobre diablo para afuera. Lógica total, resultado garantizado.

La segunda opción consiste en, primero, hacer un esfuerzo por transparentar los hechos, para luego analizar en profundidad su dimensión ética y la participación real de los involucrados. Si de dicho análisis el partido o gobierno se da cuenta que la acusación es infundada o injusta, la ética de la convicción indica que no se debe abandonar al involucrado. Podrá ser rentable políticamente, podrá caer simpático, podrá ganar unos cuantos votos, pero no es ético desde este punto de vista.

En el caso de Chile en estos últimos meses, lo fácil era crucificar a los diputados acusados. Lo hicieron todos. A la voz de “manos arriba”, la UDI se deshizo del diputado Escobar, la DC de Pareto y Jiménez, los radicales del diputado Lagos, el PPD de Rebolledo. Y ojo, que hasta el propio diputado Aníbal Pérez, cuyo desafuero no fue otorgado por la Corte de Apelaciones, debe haber sentido, antes del fallo de la Corte, cómo sus camaradas se cambiaban de vereda para no saludarlo en la calle.

Pero lo difícil era hacer lo que hizo el PS con Juan Pablo Letelier. Sin rodeos ni ambages: manos al fuego. “Lo conocemos, lo queremos, sabemos que es honesto y por tanto, no lo dejamos caer.”

Creo que el gesto puede ser incomprendido (al igual que esta columna). Algunos dirán que es la misma clase política de siempre que se auto protege. Otros dirán que no hay nada más rentable electoralmente que los partidos que hacen escarnio público de los acusados. Puede ser. Pero a la larga, creo, el hecho de no condenar anticipadamente gente honesta es más importante para un partido. Éstos son comunidades de gente que comparte proyectos colectivos y que no desean, por tanto, jugar a la ruleta rusa entre sus mismos compañeros. Y creo que el supuesto daño en imagen inmediato se puede revertir a punta de confianza y honestidad. Mal que mal, no hay mejor negocio en la política y en la vida que ser honesto; si los pillos supieran qué tan buen negocio resulta ser honesto, se harían honestos de puro pillos que son.

Por tanto, creo que el PS ha estado bien en esta pasada y es de esperar que lo continúe estando. Lo central pasa por una justa proporción de las cosas, por un justo análisis de las situaciones. Y por no dejarse llevar por la alharaca generalizada. Es cierto, los errores del PS pasan por otro lado. Pasan por el lado de la sintonía fina con la ciudadanía. Por el lenguaje y retórica alambicada y anticuada. Por la esquizofrenia de un discurso y simbología de izquierda añeja en boca y cuerpo de tipos sensatos, buenos profesionales y excelentes gobernantes. Por entender que lo que la gente quiere es un PS de izquierda moderna, abierta y tolerante, con una propuesta de futuro, al lado de los trabajadores e impulsando el desarrollo del país.

En épocas de duda hacia todas las instituciones, y donde la clase política asombra cada día con más y más chambonadas, el PS puso una nota de cordura y honestidad. Que sigan así, evaluando las cosas en su justa medida, defendiendo honestos, pero condenando corruptos. A estos últimos sí, y esta vez, caiga quien caiga.

FJD/

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