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Francisco Javier Díaz

Tiempos políticos

ANIMAL POLITICO

Por Francisco Javier Díaz

Se supone que como todo columnista que se precie de tal, la semana pasada debiera haber escrito un gran artículo que resumiera el año político 2002 e intentara visualizar los grandes acontecimientos del 2003. Sin embargo, no pude hacerlo, por dos razones: Una, porque me encontraba de viaje precisamente en esos días y el artículo finalmente no alcanzó a llegar al editor. Dos, porque la verdad es que me daba un poco de lata caer en tan típico ejercicio. Los análisis del año en política me parecen sencillamente irreales y forzados. Me recuerdan el típico programa de recuento anual de noche de verano de la TV chilena, con Javier Miranda o Guayo Riveros conduciendo desde la piscina del Hotel Sheraton, presentando un insulso resumen de un insulso año junto a insulsos invitados. Hablemos de política mejor.
 
La política y el poder tienen sus propios tiempos. Así, por ejemplo, se dice que el siglo XIX no comenzó realmente en el año 1800; comenzó antes con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776 o con la Revolución Francesa en 1789. A su vez, este tampoco terminó en 1899; terminó con el fin de la Primera Guerra Mundial o con la Revolución Rusa, en 1917. Que decir del siglo XX, el “siglo corto”, como lo llama Eric Hosbawn. Comienza en 1917 después de los bolcheviques y Versalles, y termina en 1989, con la caída del Muro de Berlín. Ni siquiera el siglo XXI comienza allí. Tampoco en el año 2000. Comienza recién el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas y una nueva ola de inseguridades y derrumbe de certezas.
 
La micropolítica chilena es igual, también tiene sus propios tiempos y sus propios hitos. Así por ejemplo, las elecciones municipales del 2000 y las parlamentarias de 2001 no fueron las elecciones que midieran el gobierno de Lagos ni muestras de un nuevo eje progresismo versus conservadurismo. Fueron más bien la revancha y contrarevancha de la contienda Lagos-Lavín de 1999. Hubo algunos que han profetizado acerca de lo simbólico que resultó que la segunda vuelta presidencial se realizara en el año 2000. Las pinzas. Todas las elecciones, hasta ahora, se han desarrollado bajo el clivaje Sí-No, Pinochet- Concertación, Dictadura-Democracia. Lo único que hizo Lavín fue, sabiamente, alterar mínimamente este neo-orden político post tres-tercios y atraer a una pequeña porción de votantes del No. Y para ello recurrió a una vieja estrategia siempre eficaz en la política chilena: el descrédito a los “señores políticos”. O en otras palabras, el cambio por el cambio.
 
El año 2002 fue un año corto. Comenzó recién en marzo, cuando Pablo Longueira tuvo la poca cachativa de decir “este año no pasará nada”. Claro, a la UDI le convenía el statu quo de un gobierno que soporta el zafarrancho económico de la región, consolida nuevos mercados y le entrega un país en bandeja el 2006. Lavín simplemente tenía que “hacer hora” para ser Presidente de Chile. La frase de Longueira denota que la UDI se equivocó y no entendió que Chile va más rápido de lo que ellos piensan. Las mugres que ha hecho Lavín en su gestión como alcalde de Santiago comenzaron a pesar y las “Chicas Superpoderosas” de la Concertación, la Alvear y la Bachelet, comenzaron a preocupar. El cambio de verdad, una ciudadanía reflexiva, critica, escéptica y falta de cariño, se comenzó a avizorar.
 
El año político se acabó en octubre, con el “caso coimas”; de ahí en adelante, nada más que decir. La Concertación y especialmente el PPD, pierden su virginidad. Virginidad forzada en todo caso, pues todos sabemos que en política no existen las blancas palomas, sólo los incentivos y leyes adecuadas. Y se acabó el año. Ni siquiera Zaldívar con sus declaraciones o Ávila con sus berrinches, o viceversa. Tampoco se crea que el cambio de gabinete será la panacea. El poder va para otro lado.
 
Sólo dos cosas más rescatables para el 2002. Una, los acuerdos comerciales. Grande Lagos y su equipo, ahí no hay vuelta que darle. Pero será la historia la que se encargue de resaltar este inmenso salto, mientras nosotros discutimos acerca de la playa de Lavín en el Mapocho. La política y el poder, ojo, no son sólo grandes logros. Dos, el hecho de que la prensa en general se haya puesto los pantalones con los políticos, los curas y los militares. Good. Pero además, y no porque yo escriba en estas páginas, La Nación Domingo se puso también los pantalones con algunos temidos empresarios. Dos veces good.
 
Y aquí estamos, empezando un año 2003 distinto, que insisto, comenzó en octubre después de las coimas, donde ser autoridad no es fácil y donde el poder y las elecciones, por tanto, deben pelearse día a día, imagen a imagen, logro a logro. Chile ya no es el mismo y la política tampoco. Lo que viene ahora es una lucha diaria entre dos visiones de sociedad, ambas legítimas, ambas sensatas. Nadie tiene carreras ganadas, nadie está todavía perdido. Feliz Año Nuevo. Esto se pone bueno

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