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Francisco Javier Díaz

“(Chori) Pan y Circo”

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 22 de Septiembre de 2002

Por Francisco Javier Díaz

“Septieeembre, las fieeestas, la chicha y las empanás; dan dolor de cabeza y acidez estomacal”. No conozco a nadie que tenga entre 25 y 40 años que no recuerde esta melodía, que la tocaban en un comercial de Yasta, el antiácido con aspirina, a mediados de los años ’80. Se quedó grabada en la mente de miles y miles de chilenos que no se saben ninguna cueca, pero que gustan de celebrar el Dieciocho. Ahí la genialidad del creador de aquel estribillo, que supo captar cómo se entra en la memoria del chileno dieciochero común y corriente, tan lejano de la canción de protesta como del Club de Huasos Gil Letelier.

A la larga, el chileno recuerda lo simpático, olvida lo ceremonioso y mofa de lo absurdo. Por eso es que el político moderno debe tener sumo cuidado a la hora de celebrar su Dieciocho, pues debe saber combinar alegría con moderación; entusiasmo con autenticidad.

Pan y circo, decían en la antigua Roma. Verdaderamente es una difícil combinación. Estómago y cabeza. Tripa y cerebro. Hambre y risa. Las necesidades físiológicas y las necesidades del alma. Dura tarea para el político moderno saber capear con éxito las ocasiones de pan y circo, sobre todo ahora que con la televisión, cada situación de éstas puede derivar en ganancia o pérdida de votitos decisivos a la hora del veredicto ciudadano.

Bill Clinton es el gran político moderno de la post guerra fría y era realmente un maestro en estas lides. Si hubiese vivido en Chile, seguro que bailaba un pie de cueca bien zapateado en la fonda de la Gran Bertita, en horario “prime” del noticiero, para luego decir una frase tipo “me reencuentro con lo mejor de mi tierra, pero también con las necesidades de mi gente”. Idolo. Carlos Menem, en cambio, era puro circo y nada de pan. Al final, Fernando De la Rúa, quizás si el candidato más aburrido que se haya visto, ganó la elección de 1999 precisamente apelando al sentimiento de hastío de la gente hacia tanto circo insulso y corrupto; hacia los Ferraris, las modelos, las fiestas, los bailes, los trajes, el golf, la Bolocco y el locro.

La autenticidad es clave, pues de ella deriva el principal capital del político moderno: la credibilidad. Nada peor que lo forzado o lo artificial (cuando te pillan, claro está). Por eso imagino cómo se partirán la cabeza los políticos a la hora de programar su celebración de Fiestas Patrias. Porque en rigor, existen dos modelos de celebración, que para efectos de explicar brevemente en esta columna, llamaremos el “modelo Pellegrini” y el “modelo Pititore Cabrera”.

Pellegrini, como sabemos, es parco y serio, pero responsable y trabajador. Y cuando sale campeón, a lo más exclama “hurra, ganamos” y luego a seguir trabajando. Lagos optó por este modelo, pues sabe que cualquier otra alegría falsa le sentaría mal y lo haría verse incómodo. Así, Lagos va a la fonda, mira y aplaude. No baila cueca, porque seguro que es más tieso que un gomero. Pero comparte alegremente, con cara de papá en cumpleaños de cabro chico. Brinda con chicha, come anticuchos, no se le nota que le carga la empanada con tanta cebolla y discretamente se saca el aserrín que se le mete adentro del zapato. Cualquier otra cosa se vería poco auténtico y perdería credibilidad.

Otra variante de este modelo, pero con algunas gotas de picardía, es la Ministra Bachelet. Ella es seria, pero cariñosa. Es sencilla y creíble; demuestra autoridad, pero también bondad. Y se alegra sanamente, como se alegra mi madre para el Dieciocho. Pasa revista a las tropas, se sube arriba de un jeep, toma chicha en cacho. Saluda a los mapuches y se peina la chasquilla. En diez años más, estoy seguro que todos recordaremos la Parada de Michelle.

Pititore Cabrera era un jugador de fútbol de San Luis y Colo Colo, que cada vez que metía un gol se daba dos saltos mortales en el aire. Podía ser un partido de entrenamiento contra Deportes Chincolito Mayo, y Pititore igual volaba por los aires. Su alegría era evidentemente falsa. Lavín optó por este modelo de celebración. No sé bien porqué abandonó el modelo tradicional que había iniciado años atrás en Las Condes, en la patronal “Semana de la Chilenidad”. Este año se las trató de dar de canchero y no le resultó.

La verdad, no entiendo cómo sus asesores de imagen quisieron hacernos creer que con esa pinta de “nerd”, Lavín pudiera ser un trompo para el baile. El tipo no es para eso. Ni siquiera lograba seguir el paso del “Lobo Chilote”. Es evidente que Joaquín no es bueno para la fiesta, de donde, dicho sea de paso, arranca parte de su credibilidad de niño bueno y preocupado.

Giovanni Sartori, el cientista político fiorentino que enseñaba en Estados Unidos, nos decía en 1998 que la política moderna es imagen. Hoy por hoy, estamos en presencia de un “Homo Videns” más que un “Homo Sapiens”. La política moderna es construcción de grandes discursos y de grandes imágenes e identidades, en todo lugar y a toda hora. La idea es lograr que la gente las recuerde y atesore en su memoria, como septiembre, las fiestas, la chicha y las empanás.

FJD/

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