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Francisco Javier Díaz

Compañero Presidente

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 6 de Abril de 2003

Por Francisco Javier Díaz

“Primero se pusieron lesos los PPD, lo que a mi no me importó, porque yo no soy PPD. Después se pusieron lesos los de la DC, lo que tampoco me importó, porque yo no soy DC. Ahora resulta que se ponen lesos los socialistas, y eso sí que es grave, porque yo soy socialista” (Anónimo).

“Leso es el que hace leseras”, decía sabiamente Sally Field como la mamá de Forrest Gump, caracterizado por Tom Hanks. Lo de Juan Enrique Vega fue una lesera y no hay vuelta que darle. Los embajadores no tienen facultad para discernir si una decisión de Estado es correcta o no, o si se ajusta a sus principios y valores personales. Si discrepa, utilizará toda su inteligencia para convencer internamente a las autoridades acerca de su posición. Si no logra persuadirlos, debe acatar. Si no lo quiere hacer, se va. Punto. El embajador es un representante en el sentido más jurídico de su acepción. Nada de representación sociológica del tipo Miss Chile, “el país se siente reflejado en mi, yo soy un espejo de mi país”. El embajador es un mero mandatario, noble mandatario que actúa en nombre de su país, pero mandatario al fin y al cabo, que está para hacer lo que el mandante le dice.

La justificación del PS acerca del episodio no se entendió, creo, básicamente porque partía de un hecho injustificable. Es cierto, el PS tiene toda una trayectoria en materia de derechos humanos, que a estas alturas es uno de los pocos activos que le va quedando y que, si es inteligente y no se autolimita a la situación histórica de la ya lejana dictadura, si no que le da una connotación moderna, le servirá por un buen tiempo para seguir atrayendo jóvenes idealistas a sus filas. Pero no por ello el PS va a confundir las cosas y tratar de justificar leseras.

Es probable que la anormalidad política que vivió el país durante tanto tiempo haya hecho que los roles se confundan. Porque por ejemplo, ¿Andrés Allamand, era de oposición o de gobierno en tiempos de Pinochet? Yo creo que ni él lo tiene claro. Para una mejor comprensión, categoricemos las posibilidades que tienen los partidos en las democracias multipartidistas.

Primero, uno puede ser partido de oposición. Parece fácil, pero tampoco es tanto. Recuérdese los primeros años de la transición, cuando el carácter de la oposición de la UDI, dura en intransigente, chocaba con la “democracia de los acuerdos” de Renovación Nacional. Sea como sea, el cuento final es que la oposición es el grupo que no está en el gobierno y que presenta cada vez que puede sus críticas a la administración de turno y propone su alternativa programática.

Segundo, uno puede ser partido de gobierno. En los sistemas multipartidistas, donde gobiernan coaliciones, existe la posibilidad de que un partido esté en el gobierno, pero que la coalición sea presidida por otro partido, quien asume la primera magistratura. La relación de estos partidos con la administración es compleja. Porque por un lado, es su gobierno, hicieron campaña por él; son sus ministros, es su gente. Pero por otro, tanto críticas como alabanzas se las lleva mayoritariamente el partido del Presidente. Aquí es donde muchos jugaron con fuego durante el gobierno de Frei. Porque si bien uno puede discrepar del gobierno y puede de hecho hacerlo público, la línea que separa ello de una conducta opositora es tenue. Los diputados del polo progresista que ganaron popularidad fácil durante el gobierno de Frei terminaron sentando un mal precedente en términos de apoyo presidencial. Si la DC hoy exige voz en cuello e impunemente lo que se le da la gana al Presidente, desde la presidencia del Banco Central hasta tener más embajadas (de paso me pregunto, ¿para qué diablos quiere más embajadas la DC?), se debe, en parte, a la conducta errática de algunos PPD y PS durante la administración anterior.

Tercero, uno puede ser el partido del Presidente. Y ahí sí que no hay cómo equivocarse. Se está en todas, buenas, regulares y malas. Se asiente, se obedece, se confía en el criterio del mejor de los suyos que ejerce como Presidente. Pero sobre todo, se entiende. Se entiende que el arte de gobernar implica tomar una serie de decisiones dolorosas, impopulares, o que no satisfacen enteramente los principios iniciales. Esto en política es así, el resto es poesía, academia o marihuana, según le plazca al lector. La situación de la guerra en Irak, por ejemplo, mostró a un Lagos que hizo lo que nadie mas habría hecho, que era presentar una alternativa distinta a Estados Unidos en las condiciones en que nos encontramos. Y que yo sepa, los únicos que lo han defendido valientemente ante la gente que lo pifea son Los Prisioneros, no los socialistas.

Pero resulta que con leseras como la del embajador, los socialistas han hecho que ésto se olvide. Y que la prensa conservadora tenga la desfachatez de señalar que se ha vivido un “nuevo traspié” en la diplomacia del gobierno, la cual la historia reconocerá como la más exitosa de todos los tiempos. Y que Piñera aparezca como el salvador de la patria al viajar a Washington a “hacer un intenso lobby por el TLC”. En fin, se ha manchado lo poco bueno de este gobierno.

Uno espera del partido del Presidente dos cosas: En público, lealtad absoluta. En privado, entre camaradas, fuerte y despiadada crítica constructiva. Pero no al revés: Obsecuencia privada para ir a pedirle un cargo, y crítica pública para ganar una fácil simpatía. Hay que recordar que en 1998, cuando Pinochet cayó preso en Londres, entre Estado y partido, los socialistas eligieron el Estado. Y que yo recuerde, ni Juan Enrique ni nadie renunció a nada.

Vienen días durísimos para Lagos, donde algunos cuestionarán hasta su permanencia. Para enfrentarlos necesita de un partido atento, consecuente, que le diga las cosas por su nombre y las trate de arreglar en conjunto; que asuma errores ante la ciudadanía, pero sobre todo, que no sea leso, que juegue de manera inteligente. No es mucho pedir. ¿O no compañero?

FJD

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