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Francisco Javier Díaz

Nos dijeron cuando chicos

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 4 de Mayo de 2003

Francisco Javier Díaz

¿Cuántos chilenos de los años ´80 no se dieron cuenta que compartían los valores de la izquierda o centroizquierda si no hasta que escucharon las canciones de Los Prisioneros? Es cierto, no fue ni Silvio, ni los Quila, ni Schwencke y Nilo. Ahora Los Prisioneros sacarán un nuevo disco, “Ultraderecha”, donde, por lo que se ha informado, volverían nuevamente a hacer evidente lo obvio y recordar que todavía queda mucha injusticia en Chile. Ese es el problema del progresismo en Chile: tiene que venir alguien de afuera, como Los Prisioneros, a recordarle a su gente que la política no es sólo poder burocrático, también es realidad. La izquierda se pone tan latera, que a veces hay que remecerla con pegajosas canciones que recuerden al elector que la justicia social aun no es tan verdad.

Nunca he entendido ese divorcio entre la izquierda y la gente que vota por ella. Algo pasa que una vez ingresado al partido, el militante de izquierda, por joven que sea, pierde cable a tierra con la realidad más cotidiana, se pone serio, grave, y se aleja del votante. Como que hubiera que tratar mal a elector y televidente, hacerlo sentir culpable de las mil miserias de este mundo, no dejarlo reír o cantar lo que canta toda la gente, ni pensar, con optimismo, que las cosas pueden estar algo mejor.

Durante los años sesenta, la izquierda tradicional del PS y el PC era acusada de añeja y anquilosada en las más viejas prácticas de la politiquería. El MIR, el MAPU, la JS, o la mismísima JJCC estaban conscientes de ello, y pedían prestada legitimidad y un poco de onda a artistas e intelectuales. Los jóvenes votaban comunista no sólo por Luis Corvalan, si no que también gracias a Víctor Jara. Se hacían miristas no sólo por la aguda contradicción histórico-dialéctica de la época, si no que también por la estudiada foto en blanco y negro, abrigo oscuro de cuello subido y mirada a lontananza de Miguel Enríquez, como decía Jorge Castañeda, el más sexy de los revolucionarios.

Lo mismo ocurrió en los años ochenta. Mientras los jóvenes en las fiestas escuchaban The Police o Charly García, la izquierda seguía ensimismada en Pablo Milanés o Inti Illimani. Ahora, ello era entendible: con una CNI persiguiendo y matando a su gente, pocas ganas quedaban, me imagino, como para escuchar los Cuarenta Principales. Pero si bien ello explica el divorcio, lo cierto es que éste aún existía. Y por cierto, nada justifica que el progresismo se haya puesto tan enfermantemente aburrido, sin mística, con tan poco contacto con la gente y tan ignorante de lo que pasa en los gustos de los jóvenes, como se puso en los años noventa.


Seamos sinceros: a Pinochet se le ganó el plebiscito cantando “La Alegría Ya Viene” y no la “Cantata Santa María”. Se le ganó con un arcoiris y un lápiz, y sin ni un pinche fusil. Los ochenta eran los tiempos de las protestas masivas de jóvenes que creían que podía haber algo un poco más decentito que un gorila gobernando, pero que de materialismo histórico poco y nada sabían. A la izquierda le encanta pensar que es precisamente lo contrario, pero en fin. Uno podía tirar un par de peñascazos por la mañana en el liceo o la universidad, incluso se podía ir detenido, pero la mayoria llegaba a la tarde a la casa a ver “Los Títeres”, “Marta a las 8”, o “Mi Nombre es Lara”. Jamás vi a nadie bailando en una fiesta a Illapu, pero sí a Soda, Valija Diplomática o GIT. Recuerdo una de las últimas concentraciones del No, en el Parque La Bandera, donde todos deliraron con Los Prisioneros. En el público se veía mucho artesa, sí, pero muchos más jóvenes con pantalones de colores y tela amasada, mucho zapato Pluma, mucha niña de blue jeans con unas manchas de cloro blancas, como si estuvieran nevados, mucha chasquilla parada y mucho cinturón de cuero blanco y hebilla ancha por encima de la blusa. Esa era la moda que la izquierda no conocía.

Nadie le habla a la generación que no recuerda bien la escasez de la recesión del ´82. Que ha vivido toda su vida con un televisor frente a la mesa de la cocina. Aquella que le carga la ineptitud y la ineficiencia, y que siente un malestar profundo por la desigualdad. ¿Qué quiere este votante hoy en Chile (cuando vota)? Quiere políticos honestos y sobre todo, capaces. Que nadie se gane la plata sólo por pertenecer a determinado partido. Quiere una economía estable, quiere trabajar, y que haya seguridad en las calles, salud decente y educación para todos. Quiere dignidad y respeto, sobre todo si es pobre. Y presiente, porque nadie se lo ha confimado claramente, que la derecha no va acorde con sus valores. Intuye, porque nadie se lo dijo cuando chico, que la igualdad simplemente no es tema para Lavín, Piñera o Longueira.

Entonces, tiene que venir gente de afuera a remecer estas consciencias. Hasta ahora, sólo Morandé, Viñuela y Araneda han dicho que los hombres son hermanos y juntos deben trabajar. Alguien tiene que decir que eso no es tan verdad. Porque en Chile aún hay espacio para una izquierda de mayorías, aunque ella no lo quiera, no sepa cómo, o ni siquiera se dé cuenta.

FJD

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