Internacionalismo Pop
ANIMAL POLITICO
La Nación, Domingo 25 de Agosto de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Viendo las imágenes de la visita del Presidente de Perú a nuestro país, no puedo dejar de recordar una de las acciones políticas más patéticas que he visto en mi vida: la visita de Joaquín Lavín a Alberto Fujimori en 1999. En medio de la campaña electoral, las encuestas indicaban que Joaquín sufría algún menoscabo en su figura de posible estadista frente a Lagos. Los focus groups mostraban a un Lavín extremadamente simpático, creíble y popular, pero débil en imagen presidencial; la gente simplemente no se imaginaba a Lavín de Presidente. En un arranque sin precedentes, Joaquín decidió visitar al ex Presidente de Perú en medio de la corruptela generalizada del régimen de Vladimiro Montesinos, y señaló a la prensa: Quiero ser como él.
¿Qué habría dicho la prensa norteamericana si un candidato hubiese visitado a Somoza meses antes de su caída en 1979? ¿Cómo se regocijaría la prensa europea si un candidato español, francés o alemán hubiese visitado a Ceaucescu en 1989? La verdad es que tamaña idiotez política, deshonrosamente olvidada por la prensa nacional, tiene como única explicación el Internacionalismo Pop que existe en la derecha chilena. Una mezcla de vocación aislacionista, discurso populachero y prepotencia patronal.
Tengo que ser honesto y reconocer que el término Internacionalismo Pop lo tomé del gran columnista del New York Times, Paul Krugman. En su libro de 1996, este autor critica a quienes han reemplazado la seria discusión teórica sobre el comercio y las relaciones económicas internacionales, por discursos vendedores al público pero de escaso rigor analítico.
Algo así pasa con el tema internacional en la derecha chilena. No el discurso económico, al que se refiere Krugman, si no que el político. No obstante la derecha cuenta con una masa crítica de alto nivel, compuesta básicamente por abogados y economistas de prestigio, con buena educación en el extranjero, a la hora de llevar esa reflexión a la práctica política, cae en el más asombroso rasquerío. ¿Cómo olvidar las escenas de los diputados de la UDI abandonando el Congreso Pleno cuando vino el gran Helmut Kohl a Chile, tapándolo de insultos, garabatos, levantando el dedo del medio y con más de un folklórico Pato Yáñez como gesticulación obscena?
Algo de vocación de aislacionismo hay detrás de todo esto. La vieja oligarquía chilena tenía un discurso nacionalista de tercera categoría que tendía a menospreciar la cooperación internacional y abogar por medidas proteccionistas (para proteger sus propias empresas, dicho sea de paso). Ni hablar del aislamiento de la era Pinochet, cuando nos colocaban en la misma fila de Uganda, Sudáfrica o Corea del Norte.
En cambio, es un hecho que la DC y la izquierda han asumido el contexto político internacional con mayor rigurosidad. Las redes de algunos personeros son de consideración y han sido de gran utilidad para el país. Dicen, por ejemplo, que Gabriel Valdés entra saludando al Departamento de Estado y al Vaticano, y que si uno quiere saber de su hijo, basta preguntarle al portero de las Naciones Unidas: ¿habrá llegado Juanga?. El Gute trata de camarada a medio Europa, mientras que Cardoso trata al Ministro Muñoz como Heraldinho. El Canciller de México, Jorge Castañeda, habla de su cuate Insulza, mientras que Camilo Escalona jugaba al dominó con Gerhard Schroeder en los años 70. Mientras que en la derecha, el único que poseía algún contacto internacional era Andrés Allamand, pero su mejor amigo, Andrés Pastrana, terminó pesando menos que él mismo.
También hay un discurso populachero involucrado. Si Ricardo Lagos está hoy pensando en qué mensaje enviar a George Soros, en su calidad de presidente de la Open Society, para la conmemoración del aniversario de la muerte de Karl Popper, Joaquín Lavín está más preocupado de asistir a los funerales del Negro Said. O sea, la derecha entiende que lo internacional no da mucho rédito electoral, lo que, dicho sea de paso, es muy cierto. Pero extrema las cosas al no darle ninguna importancia al tema y asumirlo con un criterio exclusivamente marketero. Dicho en otras palabras: a Lavín le importa un bledo qué es mejor para Argentina. Simplemente quiere que Menem gane para que la Bolocco sea la Primera Dama y lo ayude en su campaña.
Finalmente, hay algo también de prepotencia patronal. En Chile se está mejor cuando se es rico y poderoso, qué duda cabe. Para qué moverse. Para qué salir. Para qué dejar entrar. En su casa roncan, afuera son uno más.
Sí es importante entender que, en la política moderna, lo internacional no da mucho voto si es que ello no tiene una consecuencia palpable en lo interno. Pero no por eso se tienen que hacer ridiculeces como ha hecho la derecha. A este paso, cuando Lavín le entregue las llaves de la ciudad de Santiago al Presidente Toledo, va a tener que aclararle que cambió la cerradura de las llaves que le entregó a Vladimiro Montesinos.
FJD/
La Nación, Domingo 25 de Agosto de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Viendo las imágenes de la visita del Presidente de Perú a nuestro país, no puedo dejar de recordar una de las acciones políticas más patéticas que he visto en mi vida: la visita de Joaquín Lavín a Alberto Fujimori en 1999. En medio de la campaña electoral, las encuestas indicaban que Joaquín sufría algún menoscabo en su figura de posible estadista frente a Lagos. Los focus groups mostraban a un Lavín extremadamente simpático, creíble y popular, pero débil en imagen presidencial; la gente simplemente no se imaginaba a Lavín de Presidente. En un arranque sin precedentes, Joaquín decidió visitar al ex Presidente de Perú en medio de la corruptela generalizada del régimen de Vladimiro Montesinos, y señaló a la prensa: Quiero ser como él.
¿Qué habría dicho la prensa norteamericana si un candidato hubiese visitado a Somoza meses antes de su caída en 1979? ¿Cómo se regocijaría la prensa europea si un candidato español, francés o alemán hubiese visitado a Ceaucescu en 1989? La verdad es que tamaña idiotez política, deshonrosamente olvidada por la prensa nacional, tiene como única explicación el Internacionalismo Pop que existe en la derecha chilena. Una mezcla de vocación aislacionista, discurso populachero y prepotencia patronal.
Tengo que ser honesto y reconocer que el término Internacionalismo Pop lo tomé del gran columnista del New York Times, Paul Krugman. En su libro de 1996, este autor critica a quienes han reemplazado la seria discusión teórica sobre el comercio y las relaciones económicas internacionales, por discursos vendedores al público pero de escaso rigor analítico.
Algo así pasa con el tema internacional en la derecha chilena. No el discurso económico, al que se refiere Krugman, si no que el político. No obstante la derecha cuenta con una masa crítica de alto nivel, compuesta básicamente por abogados y economistas de prestigio, con buena educación en el extranjero, a la hora de llevar esa reflexión a la práctica política, cae en el más asombroso rasquerío. ¿Cómo olvidar las escenas de los diputados de la UDI abandonando el Congreso Pleno cuando vino el gran Helmut Kohl a Chile, tapándolo de insultos, garabatos, levantando el dedo del medio y con más de un folklórico Pato Yáñez como gesticulación obscena?
Algo de vocación de aislacionismo hay detrás de todo esto. La vieja oligarquía chilena tenía un discurso nacionalista de tercera categoría que tendía a menospreciar la cooperación internacional y abogar por medidas proteccionistas (para proteger sus propias empresas, dicho sea de paso). Ni hablar del aislamiento de la era Pinochet, cuando nos colocaban en la misma fila de Uganda, Sudáfrica o Corea del Norte.
En cambio, es un hecho que la DC y la izquierda han asumido el contexto político internacional con mayor rigurosidad. Las redes de algunos personeros son de consideración y han sido de gran utilidad para el país. Dicen, por ejemplo, que Gabriel Valdés entra saludando al Departamento de Estado y al Vaticano, y que si uno quiere saber de su hijo, basta preguntarle al portero de las Naciones Unidas: ¿habrá llegado Juanga?. El Gute trata de camarada a medio Europa, mientras que Cardoso trata al Ministro Muñoz como Heraldinho. El Canciller de México, Jorge Castañeda, habla de su cuate Insulza, mientras que Camilo Escalona jugaba al dominó con Gerhard Schroeder en los años 70. Mientras que en la derecha, el único que poseía algún contacto internacional era Andrés Allamand, pero su mejor amigo, Andrés Pastrana, terminó pesando menos que él mismo.
También hay un discurso populachero involucrado. Si Ricardo Lagos está hoy pensando en qué mensaje enviar a George Soros, en su calidad de presidente de la Open Society, para la conmemoración del aniversario de la muerte de Karl Popper, Joaquín Lavín está más preocupado de asistir a los funerales del Negro Said. O sea, la derecha entiende que lo internacional no da mucho rédito electoral, lo que, dicho sea de paso, es muy cierto. Pero extrema las cosas al no darle ninguna importancia al tema y asumirlo con un criterio exclusivamente marketero. Dicho en otras palabras: a Lavín le importa un bledo qué es mejor para Argentina. Simplemente quiere que Menem gane para que la Bolocco sea la Primera Dama y lo ayude en su campaña.
Finalmente, hay algo también de prepotencia patronal. En Chile se está mejor cuando se es rico y poderoso, qué duda cabe. Para qué moverse. Para qué salir. Para qué dejar entrar. En su casa roncan, afuera son uno más.
Sí es importante entender que, en la política moderna, lo internacional no da mucho voto si es que ello no tiene una consecuencia palpable en lo interno. Pero no por eso se tienen que hacer ridiculeces como ha hecho la derecha. A este paso, cuando Lavín le entregue las llaves de la ciudad de Santiago al Presidente Toledo, va a tener que aclararle que cambió la cerradura de las llaves que le entregó a Vladimiro Montesinos.
FJD/
0 comentarios