Tragedia Griega
ANIMAL POLITICO
La Nación, Domingo 11 de Mayo de 2003
Francisco Javier Díaz
Alguien decía que el golpe de Estado y el quiebre de la democracia en Chile fue como una tragedia griega: Todos sabían el final, nadie quería ese final, pero todos los actores hacían lo necesario para que llegara precisamente ese final, en vez de hacer algo por evitarlo. Espero que no pase algo similar ahora en Chile respecto de la función pública: todos saben que un funcionario de nivel medio, que recibe un complemento de su sueldo a través de un convenio de honorarios, que evidentemente no lo hace millonario, y que obedecía a una práctica que se encontraba establecida en el país con mucha anterioridad, no debiera ser acusado de corrupción. Podrá existir alguna irregularidad administrativa, sí, pero intención positiva de defraudar al Fisco para un enriquecimiento personal, lo dudo. Esa es la tragedia griega que vivimos ahora: todos saben que con el prestigio de la función pública no se juega, pero nadie parece querer dejar de jugar con ella.
Durante la semana vimos un ejemplo paradigmático a raíz de la propuesta de Ominami de darle una solución política al tema de las investigaciones judiciales por los casos de sobresueldos. Al margen de que la propuesta fuera acertada o no, la intención de Ominami era clara y honesta: el problema se está escapando de control y puede terminar por generar una clima altamente pernicioso dentro del aparato estatal, si es que éste no está ocurriendo ya, donde los funcionarios honestos se inhiban de realizar cualquier tipo de gestión o contrato que pudiera llegar a ser malinterpretado, investigado, y llevado a la justicia del crimen. Porque hay que reconocer que hay que tener coraje hoy en día para plantear una salida política a un tema donde la prensa se deleita haciendo acusaciones varias, y donde por culpa de algunos corruptos que efectivamente mucho han robado, se ha generalizado a toda la administración pública como ladrona y coimera.
Así como esta vez fue Ominami, ayer fue Claudio Orrego, o incluso el propio Frei Ruiz-Tagle, o desde hace años han sido decenas de políticos o académicos, son muchos los que se han dado cuenta y han alertado que con la gestión y modernización del Estado no se juega, y que la función pública hay que cuidarla y dignificarla. Pero como buena tragedia griega, han primado los actores que no hacen nada por evitar el final trágico. De lo que se trata es de crear las condiciones institucionales y políticas que logren hacer con la administración pública algo tan simple como lo que los médicos han hecho con la medicina: dotarla de capacidad técnica y aislarla de la contingencia. ¿Porqué? Porque en ambientes desinstitucionalizados la tentación es grande. Así de simple.
La tentación de allegar incondicionales al aparato estatal, y remunerar partidarios y activistas con cargos y prebendas, ha existido siempre. La vieja burocracia conservadora obedecía a una reclutamiento elitista y poco meritocrático. Desde el Poder Judicial hasta la Cancillería, las castas y redes de influencia conservadora y familiar mantenían las instituciones. Este círculo logró superarse, en parte, gracias al surgimiento de una burocracia mesocrática, ilustrada en la educación pública. A mediados de siglo, la clase media y los gobiernos radicales cambiaron la fisonomía del Estado. Pero la tentación era muy grande. Corría una suerte de carrera paralela, basada en el mérito partidario y no técnico. El Estado benefactor y productor, grande y generoso, daba como para retribuir cualquier favor de campana.
Los militares también se tentaron. Llenaron de su gente las oficinas públicas, y más encima, los atornillaron legalmente para siempre. Llegada la Concertación, hubo que reconstituir un servicio público menoscabado en su dignidad. Pero, como en la tragedia, también hubo irregularidades y mediocridad. Reformar realmente el Estado significa menor control para los partidos, y por tanto, menos incentivos con qué remunerar.
Por otro lado, la tentación de ganar voto fácil a costa de la función pública es también poderosa. Si esta semana fueron Piñera y Zaldívar quienes vieron la oportunidad de sacar una buena frase para la galería, hay que reconocer que la UDI y el propio PPD han sido especialistas en dicha tarea. Claro, nada vende más que una acertada acusación de corrupción, aunque sea falsa. Nada mejor que hacerse el simpático o el implacable ante la opinión pública, escondiendo o ignorando los reales problemas que aquejan a la administración pública. Yo mismo, como columnista, podría sacar una sonrisa fácil de parte de quienes quisieran ver funcionarios en ridículo y cabezas rodando, hacerme el duro y exigir, no sé a quién, pero exigir no más, la renuncia de medio mundo.
Lo concreto es que hay gente honesta que ha sido detenida injustamente, junto a gente pilla que sí se lo merece, sin que seamos capaces de distinguir a los unos de los otros. Partidos que no tienen el coraje de enfrentar el gran dilema colectivo de reducir la bolsa de incentivos para que todos estemos mejor, y abordar la necesaria reforma del Estado. Políticos que no logran sacudirse de la paranoia de la indiferencia televisiva, y que para eso inventan frases y hacen comentarios que en nada ayudan a realizar una evaluación seria y ponderada de la situación que se vive. Periodistas que sólo ven mugre en unos lados, y en unos tiempos, callando otros lugares y otras épocas. Privados que incurren muchas veces en las mismas conductas que tanto reprochan. Un país lleno de fariseos que rasgan vestiduras impunemente. La tragedia de un país serio que dejó de serlo, cada vez más cerca.
FJD/
La Nación, Domingo 11 de Mayo de 2003
Francisco Javier Díaz
Alguien decía que el golpe de Estado y el quiebre de la democracia en Chile fue como una tragedia griega: Todos sabían el final, nadie quería ese final, pero todos los actores hacían lo necesario para que llegara precisamente ese final, en vez de hacer algo por evitarlo. Espero que no pase algo similar ahora en Chile respecto de la función pública: todos saben que un funcionario de nivel medio, que recibe un complemento de su sueldo a través de un convenio de honorarios, que evidentemente no lo hace millonario, y que obedecía a una práctica que se encontraba establecida en el país con mucha anterioridad, no debiera ser acusado de corrupción. Podrá existir alguna irregularidad administrativa, sí, pero intención positiva de defraudar al Fisco para un enriquecimiento personal, lo dudo. Esa es la tragedia griega que vivimos ahora: todos saben que con el prestigio de la función pública no se juega, pero nadie parece querer dejar de jugar con ella.
Durante la semana vimos un ejemplo paradigmático a raíz de la propuesta de Ominami de darle una solución política al tema de las investigaciones judiciales por los casos de sobresueldos. Al margen de que la propuesta fuera acertada o no, la intención de Ominami era clara y honesta: el problema se está escapando de control y puede terminar por generar una clima altamente pernicioso dentro del aparato estatal, si es que éste no está ocurriendo ya, donde los funcionarios honestos se inhiban de realizar cualquier tipo de gestión o contrato que pudiera llegar a ser malinterpretado, investigado, y llevado a la justicia del crimen. Porque hay que reconocer que hay que tener coraje hoy en día para plantear una salida política a un tema donde la prensa se deleita haciendo acusaciones varias, y donde por culpa de algunos corruptos que efectivamente mucho han robado, se ha generalizado a toda la administración pública como ladrona y coimera.
Así como esta vez fue Ominami, ayer fue Claudio Orrego, o incluso el propio Frei Ruiz-Tagle, o desde hace años han sido decenas de políticos o académicos, son muchos los que se han dado cuenta y han alertado que con la gestión y modernización del Estado no se juega, y que la función pública hay que cuidarla y dignificarla. Pero como buena tragedia griega, han primado los actores que no hacen nada por evitar el final trágico. De lo que se trata es de crear las condiciones institucionales y políticas que logren hacer con la administración pública algo tan simple como lo que los médicos han hecho con la medicina: dotarla de capacidad técnica y aislarla de la contingencia. ¿Porqué? Porque en ambientes desinstitucionalizados la tentación es grande. Así de simple.
La tentación de allegar incondicionales al aparato estatal, y remunerar partidarios y activistas con cargos y prebendas, ha existido siempre. La vieja burocracia conservadora obedecía a una reclutamiento elitista y poco meritocrático. Desde el Poder Judicial hasta la Cancillería, las castas y redes de influencia conservadora y familiar mantenían las instituciones. Este círculo logró superarse, en parte, gracias al surgimiento de una burocracia mesocrática, ilustrada en la educación pública. A mediados de siglo, la clase media y los gobiernos radicales cambiaron la fisonomía del Estado. Pero la tentación era muy grande. Corría una suerte de carrera paralela, basada en el mérito partidario y no técnico. El Estado benefactor y productor, grande y generoso, daba como para retribuir cualquier favor de campana.
Los militares también se tentaron. Llenaron de su gente las oficinas públicas, y más encima, los atornillaron legalmente para siempre. Llegada la Concertación, hubo que reconstituir un servicio público menoscabado en su dignidad. Pero, como en la tragedia, también hubo irregularidades y mediocridad. Reformar realmente el Estado significa menor control para los partidos, y por tanto, menos incentivos con qué remunerar.
Por otro lado, la tentación de ganar voto fácil a costa de la función pública es también poderosa. Si esta semana fueron Piñera y Zaldívar quienes vieron la oportunidad de sacar una buena frase para la galería, hay que reconocer que la UDI y el propio PPD han sido especialistas en dicha tarea. Claro, nada vende más que una acertada acusación de corrupción, aunque sea falsa. Nada mejor que hacerse el simpático o el implacable ante la opinión pública, escondiendo o ignorando los reales problemas que aquejan a la administración pública. Yo mismo, como columnista, podría sacar una sonrisa fácil de parte de quienes quisieran ver funcionarios en ridículo y cabezas rodando, hacerme el duro y exigir, no sé a quién, pero exigir no más, la renuncia de medio mundo.
Lo concreto es que hay gente honesta que ha sido detenida injustamente, junto a gente pilla que sí se lo merece, sin que seamos capaces de distinguir a los unos de los otros. Partidos que no tienen el coraje de enfrentar el gran dilema colectivo de reducir la bolsa de incentivos para que todos estemos mejor, y abordar la necesaria reforma del Estado. Políticos que no logran sacudirse de la paranoia de la indiferencia televisiva, y que para eso inventan frases y hacen comentarios que en nada ayudan a realizar una evaluación seria y ponderada de la situación que se vive. Periodistas que sólo ven mugre en unos lados, y en unos tiempos, callando otros lugares y otras épocas. Privados que incurren muchas veces en las mismas conductas que tanto reprochan. Un país lleno de fariseos que rasgan vestiduras impunemente. La tragedia de un país serio que dejó de serlo, cada vez más cerca.
FJD/
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