No hay salud
ANIMAL POLITICO
Domingo 21 de Julio de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Hace quince años se me ocurrió tirarme un piquero en una piscina de un metro diez de profundidad. Mala idea: me incrusté en el suelo y me volé uno de los dientes delanteros. Tuve que volver a mi casa en micro, sin mi paleta, con pinta de pulento y preso de un dolor espantoso. Un tío mío me dijo no se preocupe sobrino, con plata todo se arregla. Dicho y hecho. A las dos semanas yo ya lucía un impecable diente postizo que me acompaña hasta estos días. Y todo lo pagó no sé qué clínica gracias a un seguro privado que mis previsores padres habían contratado para los brutos de sus hijos.
Con mi diente aprendí una de las primeras moralejas políticas de mi vida. Con plata todo se arregla, incluso la salud de las personas. Por eso me da urticaria ver cómo desde ambos lados del espectro político y de la sociedad, se torpedea la única medida sensata que he escuchado para implementar un programa de salud decente para todos. Parece que hay algo que ni la izquierda ni la derecha entienden: uno, la salud hay que arreglarla y dos, para eso se necesita plata. No sacamos nada con vociferar la salud como un gran derecho, si no financiamos ese derecho y no lo implementamos eficientemente. Y huelga decir que no sacamos nada con dejar la salud entregada al mercado, porque para éste, la salud de los viejos, mujeres y enfermos, jamás será un negocio.
Yo no entiendo mucho de salud, aparte de la importancia de no estar enfermo. Pero algo sé de política y ello me indica que detrás del asunto AUGE se muestra, en todo su apogeo, a todos los actores de la política moderna: la vieja izquierda retórica, la derecha reduccionista de siempre y el nuevo progresismo pragmático. El drama es que por tontear entre los dos primeros, los contribuyentes de clase media y los más humildes finalmente podrían llegar a quedarse sin la plata para arreglar su salud. En este cuadro, la estrategia del Gobierno puede resultar vital para que se concrete tal iniciativa y no naufrague en las fauces de la demagogia electorera y/o corporativa.
Me gusta el símil que se hace del AUGE con las primeras leyes de educación primaria. A comienzos del siglo XX, los progresistas de aquella sociedad convencieron al resto acerca de la necesidad de financiar cierto nivel mínimo de educación para toda la población. Pero mientras algunos ricos se preguntaron para qué educar peones y rotos, otros pocos discurseros se quejaron de porqué no costear un mayor nivel educativo. Es cierto, partimos con sólo cuatro años de educación primaria obligatoria, a todas luces insuficiente, pero mucho mejor que nada. Con los años se aumentaría a seis, luego a ocho y ahora se propone que llegue a doce. El cuento es que Chile no sólo aprobó tal reforma, sino que más importante aún, la implementó. Esto, que pudiera parecer de perogrullo, no lo es tanto al analizar la historia de las conquistas sociales en Latinoamérica, donde la mayoría de las veces estas conquistas simplemente no se implementaron.
Lo del AUGE es similar. Los progresistas de la sociedad intentan convencer al resto acerca de la necesidad de que el Estado garantice a la población una canasta mínima de patologías diversas. Y para ello, requiere de los instrumentos financieros y administrativos que sean necesarios. Tan simple como la instrucción primaria. Algunos ricos alegan como sus pares de comienzos del siglo XX: el Estado no tiene porqué financiar esa canasta, el mercado finalmente terminará por hacerlo. Otros discurseros se quejan de lo exiguo de la garantía y abogan por coberturas mágicas e ilimitadas.
Desde el punto de vista estratégico, nada mejor que hacer evidente lo obvio. La separación de los siameses en 1992 fue la más memorable clase de progresismo que haya visto. A punta de carisma y cercanía, Artaza evidenció al país dos cosas fundamentales: uno, que los hospitales públicos, aquellos donde trabaja tanta gente abnegada y estudiosa, son capaces de realizar intervenciones de altísimo nivel, con eficiencia y profesionalismo. Y dos, que la única salvación de Marcelo Antonio y José Patricio era el Estado. Es más, tiempo después me enteré que Artaza ni siquiera les echó metapío a los siameses, que todo lo hizo un equipo de especialistas y cirujanos. Poco importa. La idea de la política moderna es precisamente esa: grandes proyectos, grandes equipos, y los más carismáticos para comunicarlo.
El financiamiento es otro tema estratégico y ahí no se pueden dar señales equívocas. El Gobierno partió con lo de los subsidios maternales, lo que sin ser mala idea, no se trabajó lo suficientemente bien desde el punto de vista de la opinión pública. Estaba cantado que el contra argumento vendría --en algunos casos cínicamente-- por el lado de proteger las madres de Chile, pero no se trabajó ese aspecto mediático. También se ha enredado la discusión por el tema de los impuestos. Y lo que es peor, los políticos de la Concertación no han tenido una postura unívoca, apareciendo voces disonantes ávidas de voto fácil.
El cuento es que no se saca nada con discursear para la galería si al final del día no se sabe cómo financiar lo que se propone. No se saca nada con declarar y declarar derechos y más derechos, si éstos no se pueden implementar eficazmente, o si terminan favoreciendo a pequeñas minorías de intereses corporativos. De lo que se trata es de reducir la evidente desigualdad existente con la mayor eficiencia posible. Y para ello, en salud, el AUGE es lo más sensato que se ha visto hasta ahora.
FJD, Julio 2002
Domingo 21 de Julio de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Hace quince años se me ocurrió tirarme un piquero en una piscina de un metro diez de profundidad. Mala idea: me incrusté en el suelo y me volé uno de los dientes delanteros. Tuve que volver a mi casa en micro, sin mi paleta, con pinta de pulento y preso de un dolor espantoso. Un tío mío me dijo no se preocupe sobrino, con plata todo se arregla. Dicho y hecho. A las dos semanas yo ya lucía un impecable diente postizo que me acompaña hasta estos días. Y todo lo pagó no sé qué clínica gracias a un seguro privado que mis previsores padres habían contratado para los brutos de sus hijos.
Con mi diente aprendí una de las primeras moralejas políticas de mi vida. Con plata todo se arregla, incluso la salud de las personas. Por eso me da urticaria ver cómo desde ambos lados del espectro político y de la sociedad, se torpedea la única medida sensata que he escuchado para implementar un programa de salud decente para todos. Parece que hay algo que ni la izquierda ni la derecha entienden: uno, la salud hay que arreglarla y dos, para eso se necesita plata. No sacamos nada con vociferar la salud como un gran derecho, si no financiamos ese derecho y no lo implementamos eficientemente. Y huelga decir que no sacamos nada con dejar la salud entregada al mercado, porque para éste, la salud de los viejos, mujeres y enfermos, jamás será un negocio.
Yo no entiendo mucho de salud, aparte de la importancia de no estar enfermo. Pero algo sé de política y ello me indica que detrás del asunto AUGE se muestra, en todo su apogeo, a todos los actores de la política moderna: la vieja izquierda retórica, la derecha reduccionista de siempre y el nuevo progresismo pragmático. El drama es que por tontear entre los dos primeros, los contribuyentes de clase media y los más humildes finalmente podrían llegar a quedarse sin la plata para arreglar su salud. En este cuadro, la estrategia del Gobierno puede resultar vital para que se concrete tal iniciativa y no naufrague en las fauces de la demagogia electorera y/o corporativa.
Me gusta el símil que se hace del AUGE con las primeras leyes de educación primaria. A comienzos del siglo XX, los progresistas de aquella sociedad convencieron al resto acerca de la necesidad de financiar cierto nivel mínimo de educación para toda la población. Pero mientras algunos ricos se preguntaron para qué educar peones y rotos, otros pocos discurseros se quejaron de porqué no costear un mayor nivel educativo. Es cierto, partimos con sólo cuatro años de educación primaria obligatoria, a todas luces insuficiente, pero mucho mejor que nada. Con los años se aumentaría a seis, luego a ocho y ahora se propone que llegue a doce. El cuento es que Chile no sólo aprobó tal reforma, sino que más importante aún, la implementó. Esto, que pudiera parecer de perogrullo, no lo es tanto al analizar la historia de las conquistas sociales en Latinoamérica, donde la mayoría de las veces estas conquistas simplemente no se implementaron.
Lo del AUGE es similar. Los progresistas de la sociedad intentan convencer al resto acerca de la necesidad de que el Estado garantice a la población una canasta mínima de patologías diversas. Y para ello, requiere de los instrumentos financieros y administrativos que sean necesarios. Tan simple como la instrucción primaria. Algunos ricos alegan como sus pares de comienzos del siglo XX: el Estado no tiene porqué financiar esa canasta, el mercado finalmente terminará por hacerlo. Otros discurseros se quejan de lo exiguo de la garantía y abogan por coberturas mágicas e ilimitadas.
Desde el punto de vista estratégico, nada mejor que hacer evidente lo obvio. La separación de los siameses en 1992 fue la más memorable clase de progresismo que haya visto. A punta de carisma y cercanía, Artaza evidenció al país dos cosas fundamentales: uno, que los hospitales públicos, aquellos donde trabaja tanta gente abnegada y estudiosa, son capaces de realizar intervenciones de altísimo nivel, con eficiencia y profesionalismo. Y dos, que la única salvación de Marcelo Antonio y José Patricio era el Estado. Es más, tiempo después me enteré que Artaza ni siquiera les echó metapío a los siameses, que todo lo hizo un equipo de especialistas y cirujanos. Poco importa. La idea de la política moderna es precisamente esa: grandes proyectos, grandes equipos, y los más carismáticos para comunicarlo.
El financiamiento es otro tema estratégico y ahí no se pueden dar señales equívocas. El Gobierno partió con lo de los subsidios maternales, lo que sin ser mala idea, no se trabajó lo suficientemente bien desde el punto de vista de la opinión pública. Estaba cantado que el contra argumento vendría --en algunos casos cínicamente-- por el lado de proteger las madres de Chile, pero no se trabajó ese aspecto mediático. También se ha enredado la discusión por el tema de los impuestos. Y lo que es peor, los políticos de la Concertación no han tenido una postura unívoca, apareciendo voces disonantes ávidas de voto fácil.
El cuento es que no se saca nada con discursear para la galería si al final del día no se sabe cómo financiar lo que se propone. No se saca nada con declarar y declarar derechos y más derechos, si éstos no se pueden implementar eficazmente, o si terminan favoreciendo a pequeñas minorías de intereses corporativos. De lo que se trata es de reducir la evidente desigualdad existente con la mayor eficiencia posible. Y para ello, en salud, el AUGE es lo más sensato que se ha visto hasta ahora.
FJD, Julio 2002
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