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Francisco Javier Díaz

La Contienda es Desigual

ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 18 de Mayo de 2003

Francisco Javier Díaz

Lo único que puedo decir acerca del discurso del 21 de mayo es que me parece el peor negocio que puede haber para un Presidente. Tan mal negocio puede ser, que yo no jugaría ese juego. Primero, porque nadie escucha el discurso entero. Segundo, porque los políticos oficialistas están obligados a asentir, mientras que la oposición está obligada a disentir. Tercero, porque si el Presidente habla mucho, se le critica por ser latero; si habla poco, se le critica por esconder los problemas. En resumen, el discurso del 21 de mayo es el típico dilema de la frazada corta: si uno se tapa la cabeza se le destapan los pies.

Pero el discurso existe, y es una verdadera institución dentro de la política chilena, así que hay que jugarlo, o buscar la manera de aparentar jugarlo, sin jugarlo de verdad. Porque seamos sinceros, ningún Presidente en su sano juicio esperaría el 21 de mayo para implementar alguna reforma de urgencia. De hecho, no creo que nadie se ilumine especialmente en mayo. El presupuesto del año ya se encuentra en vigencia, mientras que el del próximo año recién se elabora. La legislatura ordinaria no tiene razón de ser, lo único que hace es extremar nuestro presidencialismo y transformar a legisladores en tipos sin capacidad real de plasmar en leyes las ideas que plantean en campaña. O sea, el discurso es una exposición inútil, pero como decíamos, existe.

Lo primero es escribir un buen discurso. Parece una perogrullada, pero no lo es. La política está llena de discursos malos, largos o ininteligibles. Aparte que hay que saber situarse en el contexto histórico en que se da el discurso. Recuerdo el primer 21 de mayo de Aylwin en 1990, que duró más de tres horas. Ese fue el juego de piernas más extenso del cual yo tenga memoria en Chile. El presupuesto de ese año lo había aprobado Pinochet el año anterior, así que de anuncios concretos, poco o nada. Eduardo Frei y Pablo Halpern, por su parte, entendieron que el trámite del discurso había que despacharlo rapidito, así que privilegiaron discursos breves, ejecutivos, centrados en áreas de trabajo. Adoptaron una estrategia riesgosa, eso sí: esperaron el discurso del primer 21 de mayo, el de 1994, para anunciar el proyecto estrella de su gestión, la reforma educacional. Con eso, ellos mismos se autoimpusieron la valla de tener que sorprender con grandes anuncios en cada 21 de mayo, lo que todos sabemos que es imposible en cualquier país serio.

Escribir un buen discurso pasa por entender el momento que se vive, hablar de los problemas, y lanzar un par de iniciativas concretas para solucionarlos. Si el discurso de este año, por ejemplo, no habla de corrupción, quedará corto. Pero acto seguido tiene que meterse en cómo enfrentarla, en la modernización del Estado, en el financiamiento electoral, y si yo estuviera allí, hablaría incluso de reforma a la Constitución. Es el momento de plantear que las reglas del juego no eran tan perfectas como argumenta la derecha, y que a veces los países tienen oportunidades como ésta para revisarlas y modificarlas.

Segundo, hay que tener claro que nadie escucha el discurso entero, y que por tanto, uno tiene que moldear las frases que quiere que salgan en el noticiario de las 9. No cabe ningún tipo de ingenuidad al respecto. La política y la percepción ciudadana se construyen desde la tele, guste o no guste. Buenas frases, fácilmente recordables, dichas con el énfasis adecuado, hacen más que cualquier prosa. La estética, la gesticulación, los tonos de voz, son importantísimos. El manejo escénico, el control de emociones. Por ejemplo, si uno pidiera a la gente que identifique un momento memorable de los discursos de Frei Ruiz-Tagle, los pocos que recuerdan algo identificarían cuando en 1999 se ofuscó con unas señoras pinochetistas que gritaban desde la galería del Congreso, y pronunció el magistral “pucha la vieja pa’ gritona”, a micrófono abierto.

Por último, hay que tener claro que el discurso siempre será criticado. La prensa comenzará días antes a especular acerca de lo que viene o no viene, o lo que debe venir. Cuando venga o no venga, la prensa especulará por qué vino o no vino, en circunstancias que debía o no debía venir. Se inventarán las historias más cándidas, o las más inverosímiles acerca de supuestas intrigas palaciegas que determinaron el porqué de lo que se dijo o no se dijo. La oposición dirá que no se habló del país real. Si habla de trabajo, dirán que no abarcó el problema de la salud. Si habla de salud, dirán que no abarcó el problema del trabajo. Si habla de ambos, dirán que quien mucho abarca poco aprieta. Y así, como en la frazada corta.

Por eso que si yo estuviera en el segundo, tercer o cuarto piso, siempre recordaría que el 21 de mayo es día feriado, que la gente está en la playa, que la cuota de civismo televisivo de ese día el chileno ya la copó mirando en cama el desfile de las glorias navales. Lo que se espera es un par de anuncios interesantes que ahoguen las críticas que vendrán de todas formas, pero sobre todo, dos cosas: una, que el discurso no se escucha: se mira; dos, que el discurso lo pronuncia un sujeto legitimado y respetado, preocupado por el futuro de la nación. Instalado ese concepto, la contienda está ganada. Al abordaje muchachos.

FJD/

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