Piquito, Piquito
ANIMAL POLITICO
Diario La Nación, Domingo 8 de Diciembre de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Un amigo me dijo una vez que yo jamás podría entrar al círculo de intelectuales del país. Estás demasiado contaminado con miles de horas de televisión, fue su categórico diagnóstico. Y creo que tiene algo de razón. Viví mi infancia frente al televisor. Colegio, tareas, pichanga, tele. Mi día se repartía entre el Matinal de Teleonce, Festival de la Una, Tardes de Cine, Marco, Heidi y 60 Minutos. Pero viendo la Teletón la semana pasada, ahora pienso que al revés: Uno no puede entender cabalmente al votante chileno sin todas esas horas de televisión. Existe una suerte de código secreto entre nosotros los tevitos compulsivos, que nos permite saber qué es lo que la gente quiere y espera de sus figuras. Televisión, comunicación y política. De eso se trata el poder de hoy.
Un solo ejemplo: hasta hace apenas un par de años, decir piquito en Chile no significaba nada. A lo más algún niño chico podía pensar que piquito era sinónimo de tulita, pero nada más. Pues bien, tuvo que venir una estrella de televisión, como la Bolocco, y casarse con Menem frente a las cámaras de la televisión argentina, que éste matrimonio fuera transmitido en directo para todo Chile, y que los locutores argentinos nos sorprendieran hablando del piquito que se dieron Carlos y Cecilia, para que en Chile, por arte de magia, comenzáramos a hablar de piquito para referirnos a un breve beso en los labios. La televisión penetra decía Pepe Tapia, con mucha razón.
La Teletón politizó el neologismo piquito, con el desafío entre Lavín y Marín. Lavín accedió, Marín se negó. ¿Quién estuvo en lo correcto? ¿Quién ganó más votos esa noche? Para responder tan trascendente pregunta, un breve análisis del poder y la comunicación.
Muchos de nuestros políticos no entienden que salir en la tele no es lo mismo que utilizar la tele. Los hay de dos tipos: Unos que hablan y hablan ante las cámaras como si lo estuvieran haciendo en una plaza de pueblo ante una multitud enfervorizada. Lenguaje alambicado, cero prestancia, mala presencia, cero cercanía. Un simple discurso televisado. Un breve ejemplo: ¿Señor político, usted está a favor de la Teletón? Respuesta: Mire, hay que distinguir, porque si bien es cierto, no es menos cierto que, empero ello y no obstante lo anterior, el bien superior de la patria así lo exige y demanda. ¿Qué dijo? Sepa Moya. Entonces viene el editor de prensa, saca una cuña a su antojo y arma el mensaje que se le ocurre.
Hay otros que confunden ir a la televisión con ponerse gil. Está bien, la TV es un fenómeno de masas, por lo que hay que cuidar la retórica para no pasar por latero. Pero cosa distinta es ir a jugar al un dos tres momia, bailar tieso como palo, hablar de la paz del mundo o dárselas de comentarista de fútbol. ¿Se ha visto algo más patético que Avila jugando al mudito con Piñera en Viva el Lunes? ¿O algo más falso que la buena onda del famoso Axé Político en la Teletón? Mi sabia abuela, que hoy está de cumpleaños, siempre dice: Sabe mijito, no me gustan los políticos que hacen leseras.
Al respecto, siempre se coloca el ejemplo de Franklin Delano Roosvelt en Estados Unidos. En esa época, década del 30, el país pasaba por duros momentos. Una tremenda crisis económica había azotado al mundo, mientras que se escuchaban voces de conflicto y fanatismo desde Europa. El ciudadano medio, aquel que decide las elecciones, quería confianza y cercanía. Hasta ese entonces, los políticos daban sus discursos en la radio tal y como si estuvieran en un mitin partidario. Cero empatía con el medio de comunicación. ¿Qué hizo FDR? Comenzó a dar sus célebres discursos nocturnos, donde se dirigía a los ciudadanos del país de manera directa, literalmente entrando a sus casas a la hora de cena. Tenía una voz estereofónica que sabía utilizar muy bien y explicaba de manera sencilla y amena, pero con voz de autoridad, los problemas del país. Éxito total.
En eso hay que sacarle el sombrero a Lavín. El tipo sabe utilizar la televisión y no simplemente aparecer en ella. Su imagen inaugurando la playa del Mapocho, que permítanme decir que la encuentro una buena idea, queda grabada en la gente. ¿Soluciona los reales problemas sociales con la playa? No. ¿Se atenúa la desigualdad existente? No. ¿Hace feliz a mucha gente pobre? Sí. Buena idea entonces. Apuesto que los nostálgicos de izquierda estarán picados porque no se les ocurrió a ellos primero. Seguro le habrían puesto Playas Ciudadanas.
Joaquín estuvo bien en la Teletón en prestarse a dar un piquito a la Gladys. A su vez, Gladys estuvo bien en negarse frente a las cámaras, firme, tajante, desde sus principios, pero simpática. Que se ponga a la cola, dijo coqueta. Ambos entendieron que el fuego de la TV se apaga con más TV. No con declaraciones públicas, ni sedes partidarias, ni voceros oficiales, ni comunicados de prensa. Se apaga con cara de frente, simpatía, seriedad, sonrisa, cercanía y respeto. Así es la política; así es la televisión.
FJD
Diario La Nación, Domingo 8 de Diciembre de 2002
Por Francisco Javier Díaz
Un amigo me dijo una vez que yo jamás podría entrar al círculo de intelectuales del país. Estás demasiado contaminado con miles de horas de televisión, fue su categórico diagnóstico. Y creo que tiene algo de razón. Viví mi infancia frente al televisor. Colegio, tareas, pichanga, tele. Mi día se repartía entre el Matinal de Teleonce, Festival de la Una, Tardes de Cine, Marco, Heidi y 60 Minutos. Pero viendo la Teletón la semana pasada, ahora pienso que al revés: Uno no puede entender cabalmente al votante chileno sin todas esas horas de televisión. Existe una suerte de código secreto entre nosotros los tevitos compulsivos, que nos permite saber qué es lo que la gente quiere y espera de sus figuras. Televisión, comunicación y política. De eso se trata el poder de hoy.
Un solo ejemplo: hasta hace apenas un par de años, decir piquito en Chile no significaba nada. A lo más algún niño chico podía pensar que piquito era sinónimo de tulita, pero nada más. Pues bien, tuvo que venir una estrella de televisión, como la Bolocco, y casarse con Menem frente a las cámaras de la televisión argentina, que éste matrimonio fuera transmitido en directo para todo Chile, y que los locutores argentinos nos sorprendieran hablando del piquito que se dieron Carlos y Cecilia, para que en Chile, por arte de magia, comenzáramos a hablar de piquito para referirnos a un breve beso en los labios. La televisión penetra decía Pepe Tapia, con mucha razón.
La Teletón politizó el neologismo piquito, con el desafío entre Lavín y Marín. Lavín accedió, Marín se negó. ¿Quién estuvo en lo correcto? ¿Quién ganó más votos esa noche? Para responder tan trascendente pregunta, un breve análisis del poder y la comunicación.
Muchos de nuestros políticos no entienden que salir en la tele no es lo mismo que utilizar la tele. Los hay de dos tipos: Unos que hablan y hablan ante las cámaras como si lo estuvieran haciendo en una plaza de pueblo ante una multitud enfervorizada. Lenguaje alambicado, cero prestancia, mala presencia, cero cercanía. Un simple discurso televisado. Un breve ejemplo: ¿Señor político, usted está a favor de la Teletón? Respuesta: Mire, hay que distinguir, porque si bien es cierto, no es menos cierto que, empero ello y no obstante lo anterior, el bien superior de la patria así lo exige y demanda. ¿Qué dijo? Sepa Moya. Entonces viene el editor de prensa, saca una cuña a su antojo y arma el mensaje que se le ocurre.
Hay otros que confunden ir a la televisión con ponerse gil. Está bien, la TV es un fenómeno de masas, por lo que hay que cuidar la retórica para no pasar por latero. Pero cosa distinta es ir a jugar al un dos tres momia, bailar tieso como palo, hablar de la paz del mundo o dárselas de comentarista de fútbol. ¿Se ha visto algo más patético que Avila jugando al mudito con Piñera en Viva el Lunes? ¿O algo más falso que la buena onda del famoso Axé Político en la Teletón? Mi sabia abuela, que hoy está de cumpleaños, siempre dice: Sabe mijito, no me gustan los políticos que hacen leseras.
Al respecto, siempre se coloca el ejemplo de Franklin Delano Roosvelt en Estados Unidos. En esa época, década del 30, el país pasaba por duros momentos. Una tremenda crisis económica había azotado al mundo, mientras que se escuchaban voces de conflicto y fanatismo desde Europa. El ciudadano medio, aquel que decide las elecciones, quería confianza y cercanía. Hasta ese entonces, los políticos daban sus discursos en la radio tal y como si estuvieran en un mitin partidario. Cero empatía con el medio de comunicación. ¿Qué hizo FDR? Comenzó a dar sus célebres discursos nocturnos, donde se dirigía a los ciudadanos del país de manera directa, literalmente entrando a sus casas a la hora de cena. Tenía una voz estereofónica que sabía utilizar muy bien y explicaba de manera sencilla y amena, pero con voz de autoridad, los problemas del país. Éxito total.
En eso hay que sacarle el sombrero a Lavín. El tipo sabe utilizar la televisión y no simplemente aparecer en ella. Su imagen inaugurando la playa del Mapocho, que permítanme decir que la encuentro una buena idea, queda grabada en la gente. ¿Soluciona los reales problemas sociales con la playa? No. ¿Se atenúa la desigualdad existente? No. ¿Hace feliz a mucha gente pobre? Sí. Buena idea entonces. Apuesto que los nostálgicos de izquierda estarán picados porque no se les ocurrió a ellos primero. Seguro le habrían puesto Playas Ciudadanas.
Joaquín estuvo bien en la Teletón en prestarse a dar un piquito a la Gladys. A su vez, Gladys estuvo bien en negarse frente a las cámaras, firme, tajante, desde sus principios, pero simpática. Que se ponga a la cola, dijo coqueta. Ambos entendieron que el fuego de la TV se apaga con más TV. No con declaraciones públicas, ni sedes partidarias, ni voceros oficiales, ni comunicados de prensa. Se apaga con cara de frente, simpatía, seriedad, sonrisa, cercanía y respeto. Así es la política; así es la televisión.
FJD
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